Programa económico del PSOE

Los círculos virtuosos de ZP

José García Domínguez
Lo mejor del programa económico de los socialistas es que no es socialista; y lo peor, que acabaría siéndolo si lo aplicasen ellos. La razón de esto último es que es muy fácil mudar de ideología (si se cuenta con los asesores adecuados, se puede hacer en un par de tardes). Por el contrario, veinte siglos de evidencia empírica demuestran que cambiar de talante es imposible. En la naturaleza profunda de los socialistas está el desconfiar por encima de todo en los individuos cuando toman decisiones en libertad. Para su contrariedad, el mercado no es otra cosa más que eso. De ahí que aunque quieran engañarse les resulte imposible creer en él. Tan imposible que no han encontrado dentro del partido a un solo heresiarca que fuese capaz de redactar ese documento. Ni uno. Han tenido que hacerlo doscientos expertos a los que Zapatero ha exigido como principal aval de solvencia intelectual que no tuviesen nada que ver con el PSOE. Así las cosas, si no fuera porque no se ha comprometido a recurrir a esa misma fórmula del leasing político para su aplicación, no sería de extrañar que hubieran pensado en un profesional ajeno, cualificado y con experiencia, por ejemplo José María Aznar López, para llevarlo a la práctica con garantías de éxito. Aznar u otro, daría igual. Cualquiera que no tuviera la pulsión del alacrán que siempre muerde a la rana cuando le ayuda a cruzar el río. Cualquiera, menos ellos: no está en su naturaleza.
 
Tierno Galván, aquel viejo farsante, decía que los programas de los partidos se escribían para ser ignorados; se refería al suyo, claro. Maragall va más lejos: cree que las leyes están hechas para no ser cumplidas. Votó con entusiasmo una norma autonómica que impone a todas las empresas, multinacionales incluidas, utilizar obligatoriamente el catalán bajo riesgo de sanciones, y acaba de decir que no la piensa aplicar… de momento, hasta que cambie de opinión. Otro socialista, el coordinador del programa electoral, Antonio Gutiérrez, ha encontrado por su cuenta la fórmula para frenar la huida masiva de las grandes empresas extranjeras. “Nuestra propuesta y referencia emblemática en el PSOE son las 35 horas semanales”, anunció poco después de que se conociera la intención de Philips y Samsung de hacer las maletas. Un tercero, el consejero de Industria de Cataluña, ese Rañé de verbo abrupto, tan coherente como su jefe no para de amenazar a los holandeses con dejar de comprarles radiadores si no toman por ley lo que él tenga a bien decirles. Por su parte, un Zapatero gritaba hace menos de un año: “Ese modelo de neoliberalismo que nos ha estado vendiendo la derecha es el que yace debajo de tanto fuel en las costas gallegas”. Es el mismo al que, ahora, le ha faltado tiempo para contratar a doscientos buzos que lo reflotasen para escribir con esa tinta su propuesta a los electores. Puede que nunca cumplan sus programas, pero es el talante lo que no tiene remedio.
 
Cuando el parlanchín Rañé llame al 11888 para que le faciliten un número de teléfono, la operadora que le atienda lo hará desde Tánger o Tetuán. El día que visite Estados Unidos, descubrirá que en Wal Mart se pueden adquirir reproductores de DVD fabricados en China por 29 dólares. Puede que Maragall le cuente lo que dijo Carlos Ghosn, el presidente de Nissan, en el último Foro de Davos; entonces tendrá noticia de que no van a pasar más de cinco años hasta que ese fabricante esté exportando coches a todo el mundo también desde China. Si por ventura se le ocurriera viajar a la India podría comprobar que trescientos millones de indios dominan el inglés, y que este año van a exportar productos de alta tecnología por un valor superior a los 15.000 millones de dólares. Y si consultara las estadísticas salariales de la OIT, sería informado de que el salario bruto mensual de un trabajador industrial en Eslovaquia es de 310 euros, y de que está tan cualificado o más que sus iguales españoles. Todo eso ya es así y, como el mismo Rañé, tampoco tiene remedio.
 
Para hacer frente a esa realidad, a un entorno que se ha hecho irreconocible por lo competitivo, no basta con renunciar al déficit público y a los billetes de autobús gratis. Hay que estar dispuesto, sobre todo, a abandonar la mediocracia. Y por ahí sí que no pasan, ni Rañé, ni Maragall, ni Zapatero, ni la gran familia socialista en pleno. No hace tanto que el candidato del PSOE sacó a la mitad de los estudiantes españoles a la calle con la promesa de que no tendrían que estudiar para pasar curso, ése es el verdadero punto fuerte de su programa económico, y no el copago de las operaciones de miopía con cirugía láser. Después, no se demoró para reunir a la legión de amiguetes que se autonombraron profesores universitarios vitalicios con la LRU y garantizarles solemnemente que bajo su mandato nadie los amenazará con comprobar si cometen faltas de ortografía. Ahí está el tuétano de su visión macroeconómica, y no en la eliminación del IRPF para los que cobren menos de 12.000 euros que predica Miguel Sebastián. “Más gimnasia y menos latín”- o algo por el estilo- repite estos días la sonrisa de los informativos de Telecinco. Ésa es su genuina respuesta al reto de la globalización, y no su promesa de mantener la presión fiscal.
 
Radiante y ufano, con los folios del programa económico entre las manos, el candidato anunció el jueves pasado un “círculo virtuoso de crecimiento”. Lograr esa pirueta esférica y vertiginosa, por lo visto, no exigirá incomodar a los electores con pesadas rémoras como las de la cultura del esfuerzo, la pedagogía sobre el valor de la responsabilidad individual, el aprecio por la excelencia o el afán de superación. Al parecer, bastará simplemente con tener fe en la marca del Zorro que acaba de imprimir en los carteles de su campaña. En ese feliz hallazgo que simboliza el talante de siempre, lo inmutable, lo que nunca cambiará en el partido socialista.
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