Lassalle

Los "austracistas" de Rajoy

José García Domínguez

Gracias a José María Marco, descubro que el diputado Lassalle ha recurrido al escribidor del célebre editorial conjunto contra el PP con tal de confesarle su devota fe "austracista". Un asunto, ése de la nostalgia por el orden atávico que regía en la Península durante el Antiguo Régimen, que no merecería mayor aspaviento si viniese de algún octogenario del Requeté o de la Comunión Tradicionalista. Sin embargo, que sufra de tales fiebres el ideólogo de cabecera de un partido que aún se dice liberal en el papel mojado de sus estatutos, llama a algo más que asombro.

Y ello, aunque no haya tenido que viajar muy lejos ese santanderino para descubrir su particular sopa de ajo, el "modelo" de los Habsburgo. A fin de cuentas, es la misma que en su día cocinó don Marcelino Menéndez Pelayo, ilustre mentor de toda la carcundia integrista, antiilustrada y medievalizante que daría en vindicar el foralismo –y la Inquisición– de los Austrias frente al muy afrancesado sesgo modernizador de Borbones. Tal que así, al joven y sobradamente progresista Lassalle ya sólo le restan cinco minutos antes de aterrizar en la partida del cura Santa Cruz. Y es que, aunque él aún no lo sepa, lo suyo es el carlismo. De hecho, la tan manida España plural no supone nada más que la variante secularizada del Estado que siempre soñó la reacción teocrática y carpetovetónica desde las Cortes de Cádiz hasta la instauración misma del franquismo. 

España concebida no como una nación de individuos libres e iguales, sino como mero agregado de territorios y "culturas", apenas unidos por una testa coronada con la que comparten, irrenunciable, su soberanía originaria. Mucho más un Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y Rey de Castilla y Navarra, por cierto, que genuino monarca nacional. He ahí el súmmum del austracismo militante que Lassalle igual propalará entusiasmado si algún día lee a Vázquez de Mella, el renombrado capitoste de aquella extrema derecha asilvestrada y montaraz de tiempos de la Restauración. En fin, cuando, ya casi perdida toda esperanza, en el Constitucional emerge la sombra más digna de Manuel Azaña, en Génova 13, sin duda para compensar, rebrota el peor oscurantismo. Y encima, travestido de engolada modernidad. Aviados vamos con esos cráneos privilegiados de Rajoy.  

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