Los 16 caballos de Hernán Cortés

José García Domínguez

Dieciséis caballos con sus respectivos jinetes, ni uno más, fueron los que formaron parte de la expedición de Hernán Cortés. ¿Cuántas decenas de miles de páginas se habrán escrito en todos los idiomas modernos recreando al modo melodramático el terror que entre los indios suscitaron los que, según se especula, creyeron centauros, unos mitad hombres, mitad extrañas y veloces bestias nunca antes vistas en tierras americanas? Seguro que se podrían llenar docenas de grandes naves industriales con esas recreaciones literarias de espanto. Bien, pues eran dieciséis, apenas dieciséis.

Y por ahí tendría que haber empezado su tan sentida jeremiada López Obrador. Lo suyo habría sido una cosa tal que así:

Que don Felipe VI de Borbón, legítimo descendiente por línea directa del Rey Sol de Francia, pida perdón a los criollos de linaje hispano asentados en la actual República de México por la hazaña en extremo inverosímil que aquellos dieciséis caballos y sus jinetes habrían supuestamente consumado por cuenta de la Casa Imperial de Austria, entonces poseedora de decenas de reinos y otros territorios, tanto en la Península Ibérica como en el resto de Europa y América; lugares bajo su dominio soberano, entre los cuales el reino de Castilla solo era uno más.

Porque Hernán Cortés, amén de los dieciséis corceles, únicamente contó para consumar la conquista de un imperio inmenso con 518 infantes, 13 arcabuceros y 32 ballesteros. Me gustaría saber cómo se les explica a los niños de México que aquella escuálida tropa minimalista tomó una ciudad, Tenochtitlan, cuya población se estima podría alcanzar los 300.000 habitantes. Y en cuyo asedio los historiadores calculan que murieron unos 240.000 indígenas. Sin bombas de racimo, sin ametralladoras, sin tanques, sin aviones de combate, sin misiles… Solo con dieciséis caballos y trece arcabuceros. Es algo tan increíble que, simplemente, no se puede creer. Hernán Cortés y su pequeña tropa jamás de los jamases habrían derrotado a los aztecas sin contar con la ayuda de los miles y miles de aborígenes sojuzgados cuyos caudillos se les unieron para acabar con sus opresores. Vaya, pues, el criollo López y exija ahora excusas retrospectivas a, entre otros grupos étnicos locales, tlaxcaltecas y huexotzincas, los grandes aliados indígenas del extremeño.

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