Adiós a un presidente

Leopoldo Calvo-Sotelo

José García Domínguez

Desde los tiempos de Fernando VII y su ministro aguador hasta los de Pepiño Blanco, si algo hay que jamás ha tolerado el honrado pueblo español es la superioridad natural y su inmediato corolario, la jerarquía espontánea. Aquí, empezando por el robo y el crimen y terminando por el eructo y el solecismo, se perdona cualquier falta; cualquiera menos la inteligencia, la sutileza o la ironía, que son afrentas contra la sensibilidad colectiva que entre los nuestros no prescriben nunca. De ahí que lo que más guste en el hombre público sea el célebre número del salto de la rana, a ser posible aderezándolo con un par de gracias escatológicas, de las de caca-pedo-culo-pis. Qué le vamos a hacer, España es así.

Nadie se extrañe, pues, de que alguien con el perfil personal del difunto Leopoldo Calvo-Sotelo no arrastrase ni un solo voto popular tras de sí. En realidad, Calvo-Sotelo era un tipo de otra época. Uno de aquellos caballeros del XIX que pudieron gobernar sólo gracias a que aún no existían los medios de comunicación audiovisuales. Fino, brillante, reflexivo, gran lector, en extremo culto, perseguidor de saberes interdisciplinares, distante por distinto, era obvio que un hombre tal no tenía absolutamente nada que hacer frente a aquel vendedor de mantas de Palencia que respondía por Felipe González.

Y, sin embargo, un capricho del destino quiso que recalase en la Presidencia del Gobierno justo en el instante histórico en que la soberanía acababa de serle hurtada a la Nación para transferirla en bandeja de plata a los realizadores de televisión. Error, inmenso error que, por cierto, no cometió pocos años antes Su Majestad el Rey, cuando supo elegir al más mediocre –y fotogénico – de la terna con tal de que condujese la Transición hacia el callejón sin salida de la Constitución del 78 y su clarividente Título Octavo.

En fin, de Leopoldo Calvo-Sotelo se recordará que hubo de lidiar con el juicio del 23-F y, entre otras, con su nunca esclarecida trama leridana (la famosa cena del general Armada con tres altos dirigentes del PSOE en vísperas del golpe). Amén de que fue él quien metió a España en Occidente a empujones, algo que en 1981 era sinónimo de entrar en la OTAN. Más difícil será recordar a otro presidente del Gobierno que a los 28 años ya hubiese dirigido una gran corporación industrial privada, que tuviera a Wagner como música de fondo en su despacho y que, en vez del Marca, leyese a Goethe.

Descanse en paz.

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