Las ocho nacionalidades de España

José García Domínguez

Los ignorantes creen que el papel lo aguanta todo. Pero solo ellos lo creen. En el discurso más importante de su vida, el que pronunció hace tres meses en la televisión estatal para anunciar su decisión de invadir militarmente Ucrania, Vladímir Putin, que será un cínico y un criminal pero no un ignorante, recordó la grave irresponsabilidad en que incurrieron los fundadores de la Unión Soviética al introducir y reconocer en la Constitución de la URSS la existencia de nacionalidades dentro de territorios que históricamente habían sido siempre el Imperio Ruso.

"¿Por qué era necesario hacer regalos tan generosos, que ni siquiera habían soñado antes los nacionalistas más ardientes?", se preguntó ante las cámaras. Generosos regalos semánticos que, por cierto, en todo Occidente solo figuran recogidos de forma expresa, además de en la ley fundamental de la ya difunta Unión Soviética, en la de la no menos muerta República Federativa de Yugoslavia y, tercero y último caso, en la Constitución española de 1978. Y es que las palabras, contra lo que predican los necios, sí tienen consecuencias en la realidad. El señor Bendodo, del Partido Popular, cree que en España hay nacionalidades. Un asunto, el de las creencias personales del señor Bendodo, que no debería tener mayor relevancia. El problema es que lo que cree ahora el señor Bendodo también lo creían los redactores de la Carta Magna hace 44 años. Y eso, por el contrario, sí es trascendente.

El ministro Iceta, quien, al igual que Putin, es un cínico pero no un ignorante, inventarió en su momento las diez naciones que hay dentro de la Península Ibérica. Así, además de España y Portugal, que obvió citar, mencionó a Cataluña, Aragón, Valencia, el País Vasco, Navarra, Andalucía, Baleares, Canarias y, por supuesto, la Galicia de Feijóo. Y, sí, podemos reírnos cuanto queramos, pero Iceta se limitó a enumerar lo que consta recogido en el articulado de los estatutos de autonomía de todos esos territorios, estatutos que, conviene recordarlo, resultan ser todos ellos leyes orgánicas aprobadas por las Cortes Generales. No, el problema no es Bendodo. El problema son los ciegos que no quieren ver.

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