Rubalcaba

Las miserias del populismo

José García Domínguez

Si algo retrata al postulante Rubalcaba es esa incapacidad suya para ocultar el desprecio intelectual que le suscitan sus votantes. Consecuente, ha dado en prometer a pensionistas y funcionarios que les subirá los mismos emolumentos que acaba de mutilar hace apenas un cuarto de hora. Y aunque, de momento, nada ha dicho de la Luna de Valencia, parece que también anda al caer. De antiguo es sabido, por lo demás, que entre los gajes del oficio político está el imperativo de adular a la multitud y dar satisfacción retórica a sus instintos. Así, como buen cínico, Alfredo Laercio o Diógenes Rubalcaba, que tanto monta, conoce el gran secreto: decirle solo lo que quiere oír. Única y exclusivamente lo que quiere oír.

Porque la muchedumbre no desea que se le mente la verdad, menos aún si la presume contraria a su deseo. Razón última de esa pasmosa facilidad con que suele dejarse embaucar por charlatanes, demagogos, farsantes, vendedores de crecepelo y flautistas socialdemócratas de Hamelin. Si la engañan es porque, en el fondo, ansía ser engañada. Por eso, al igual que el valor en los soldados, se supone un elemental sentido de la responsabilidad a las élites; aquello que antes se llamaba honestidad intelectual, el atributo moral inexcusable para luego reclamar los sacrificios que deberá hacer la sociedad a fin de salir del pozo. Y sobre todo, en avatares como éste, cuando algo muy parecido a un cataclismo sistémico podría llevarse por delante la finísima capa de consenso moral que hemos dado en llamar convivencia civil.

Mas helo ahí, nuestro gran hombre de Estado subido al carro de la demagogia garbancera como cualquier tertuliano de barra de bar, presto a cortejar los oídos de las capas más primarias del electorado. La gran esperanza blanca del frente nacional-sindicalista contra el rigor fiscal, genuina reencarnación del camarada Girón de Velasco, regurgitando verbosidades iconoclastas para goce y disfrute de encefalogramas planos. Fiel a sí mismo como la Historia que, obediente al mandato de Marx, únicamente concede repetirse a modo de farsa. La farsa chusca de esos camisas viejas de don Alfredo, airados guardianes del tarro de las esencias, que ahora predican la revolución pendiente a cambio de un puñado de votos. Y mientras, los mercados de deuda soberana observando perplejos la mascarada.

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