Maragall

Las manzanas de la ira

José García Domínguez
Es sabido que los comunistas franceses no estaban a la izquierda, sino en el Este. Y al galicista Maragall le ocurre algo parecido: no es que sea más nacionalista que el resto, es que está más allá. Así, su última ocurrencia, ese proyecto de integrar a Cataluña en la Francofonía como antesala de la previsible adhesión del Principado a la Organización para la Unidad Africana, nos ha vuelto a solucionar el folio del día a los columnistas. Por lo demás, como es natural, nadie se ha tomado en serio sus palabras, y lo más probable es que, a estas horas, él mismo ya no recuerde siquiera si las pronunció.  
 
No obstante, detrás la anécdota Maragall se esconde una categoría que merece consideración, al margen de la familiar nota de color que siempre aportan esas simpáticas tormentas de ideas entre las que navega a la deriva el president. Se trata de la diglosia moral que hurta a tantos catalanes razonables los beneficios del sentido del ridículo cuando se plantea la cuestión lingüística; ésa que nace del prejuicio afrancesado al que ayer se aferraba el entrañable don Pasqual. Porque, por mucho que se trate de desfigurar la realidad, el mito del genocidio cultural, ese núcleo de resentimiento que alimenta la llama eterna del imaginario nacionalista, jamás será capaz de superar la prueba del algodón francés.
 
Y es que la extinción de la lengua catalana en el Rosellón y la Cerdaña a raíz de la invasión de esas comarcas por los amigos de Maragall demuestra lo obvio: que cuando un Estado se propone exterminar un idioma, sencillamente, lo consigue. La prueba del nueve la ofrecen ellos, los franceses, que lo lograron con el catalán por la simple razón de que un día decidieron barrerlo de todas las laringes sometidas a su soberanía. Igual que la España imperial borró de la memoria colectiva una lengua, el árabe, con muchísimos más hablantes en la Península que el catalán. E idéntica suerte hubiera corrido la norma de Pompeu Fabra entre nosotros, si el relato victimista de los nacionalistas, además de ensañarse con la razón, se compadeciera de lejos con la verdad histórica.
 
Cree Maragall que los catalanes deben mucho a Francia porque los fascistas que lo obligaron durante años a ocupar un despacho enmoquetado en el Ayuntamiento de Franco, le debieron ocultar las humillaciones de nuestros exiliados en los campos de concentración tras los Pirineos. Como cree que los catalanes castellanohablantes cargan con la penitencia de aculturalizarse –por la vía de urgencia y a la voz de ya–, so pena de que el fuego del mito les chamusque la conciencia por su pecado original. De ahí que no soporte la indiferencia con que muerden la manzana de la normalización, el que pasen por ese tubo igual que los mozos de antes por la mili: sin entusiasmo, procurando no llamar la atención y ansiando abandonar el cuartel. Y también de ahí el severo correctivo que ideó para tanta insolencia: todos, absolutamente todos, castigados a pelar las pommes de terre del Larousse. Si no quieren caldo, dos tazas.
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