Las guerras culturales de la izquierda

José García Domínguez

Si a estas horas el asunto no sigue monopolizando de modo obsesivo la atención ubicua de todos, absolutamente todos los medios de comunicación, igual los analógicos que los digitales, igual el papel que las pantallas, igual la radio que la televisión, igual los que se dicen progresistas que los que se reclaman conservadores, es solo porque a ese volcán se le ha ocurrido desperezarse, única y exclusivamente por eso.

Cuatro o cinco docenas de gamberros juveniles, irrelevantes excrecencias marginales, sórdido lumpen suburbano que exorciza su frustración vital en las gradas dominicales de los campos de fútbol, siempre entre alcohol barato y rugidos primarios, triste muestrario a escala de las heces de la pirámide social, consiguen que el país entero se vea forzado a contemplar una interminable repetición ad nauseam de sus lerdas proclamas tabernarias por mor de esa obsesión con cualquier aspecto de la actualidad, por muy objetivamente intrascendente que se antoje, que tenga relación con el llamado colectivo lgtbi. Es una locura.

Los homosexuales masculinos y femeninos constituyen un pequeño grupo específico de la población general cuyos derechos ampara y protege nuestro orden constitucional democrático. Y los episodios ocasionales de acoso que todavía sufren, fruto de atavismos culturales en evidente declive, siendo merecedores de atención y castigo, no constituyen, sin embargo, el mayor problema de la sociedad española, algo que que podría desprenderse de esa extravagante y desmesurada atención que les dedican los mass media.

Cierta derecha se empeña en señalar a lo que llama lobby gay en tanto que mano que mece la cuna del despropósito. Pero esa derecha se equivoca. Grupos de presión hay muchos, no sólo el gay, y ninguno consigue jamás impactos de tal magnitud. Esa guerra cultural, desengañémonos, no la declaró la comunidad homosexual, si es que existe tal comunidad, sino la izquierda. Y la declaró tras iniciar otra guerra cultural contra sí misma. La izquierda contemporánea ya no tiene ningún modelo económico alternativo que ofrecer, ninguno. Ha asumido el capitalismo liberal, y de la A a la Z. De ahí su fijación sobrevenida con los gays y otras minorías. Rendidas todas sus banderas históricas, necesitaba urgentemente una de repuesto. Y encontró la del arco iris.

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