Piqué y la reforma del Estatuto

Las enseñanzas del barón de Munchausen

José García Domínguez
El único español que merecería figurar en todas las historias de la metafísica a la altura de un Witgenstein es aquel hijo del pueblo que una vez sentenció: “Lo que no pue ser, no pue ser y además es imposible”. Desde el “sólo sé que no sé nada” de Sócrates, no se había pronunciado aforismo tan epistemológicamente visionario como ése. Es más, para mí tengo que, junto a la segunda ley de la termodinámica, constituye la única verdad irrefutable sobre este valle de lágrimas.
 
Tan es así que desde que se difundiera la citada aportación patria al acervo del raciocinio abstracto, únicamente están datadas dos tentativas serias para tratar de falsarla, por utilizar la terminología popperiana, que aquí sería lo suyo. El primer desafío lo protagonizó el célebre barón de Munchausen. Fue cuando se propuso viajar a la Luna, valiéndose del impulso que le habría de proporcionar el tirar con fuerza de los cordones de sus zapatos. Mas no pudo ser, como también dicen los periodistas deportivos cuando el equipo local de Tercera queda eliminado de la Copa del Rey. La segunda intentona de la Historia es tan reciente como el periódico de esta mañana; y el audaz aspirante a la gloria no será otro que el primus (inter pares) Rodríguez. Porque él sostiene que sí, que pue ser. Que cabe consensuar con el Partido Popular las reformas estatutarias para que no supongan el paso sin retorno en la autodestrucción del Estado; y que, al tiempo, se puede mantener el pacto de gobierno con ERC, el partidito cuyo único punto programático consiste precisamente en destruir el Estado. “Que no, que no es imposible. Que pue ser”, insiste Rodríguez. Que va a demostrarlo –dice– engrasando con talante el método Munchausen original. El secreto, concluye ZP, radica en tirar muy, muy suavemente de las cintas de los mocasines de Piqué.
 
“No hay comparación posible entre el plan Ibarretxe, que es un disparate, y el proceso que se está viviendo en Cataluña”, acaba de declarar don Josep a la televisión del Tripartito. Lástima que haya olvidado añadir: “La prueba del nueve de que no hay relación alguna se esconde en el calendario. Porque sería otro disparate buscar tres píes al gato en el asunto de las fechas. Así, es mera casualidad que en agosto de 1998, ese pleonasmo que responde por sector soberanista de CiU firmara la Declaración de Barcelona junto al PNV; que sólo un mes después, en septiembre de 1998, la ETA y el PNV sellaran el Abrazo de Lizarra; y que otros treinta días más tarde, en octubre de 1998, el partido de Artur Mas ratificara lo que había con los otros en la llamada Declaración de Gasteiz”. Y eso, que no tiene punto de comparación con lo de Ibarretxe, ocurría cuando en Cataluña mandaban los “moderados”.
 
¿Y si Rodríguez hubiera encontrado en la capital del diseño el ansiado circulo cuadrado? Cosas más insólitas se han visto. Sin ir más lejos, el otro, Mister Chance, llegó a caminar sobre las aguas. Igual, pue ser.
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