Diada

Las confesiones de Maragall

José García Domínguez
Rafael de Casanova seguía allí, donde siempre, en la calle Ali-Bey, subido en su pedestal. Como todos los días, miraba con semblante perplejo hacia el logotipo La Caixa que cae justo enfrente de su estatua, esa estrella azul de cinco puntas con las dos salpicaduras en amarillo y rojo, la estilizada deconstrucción de la bandera independentista que diseñara Joan Miró a mayor gloria de las OPAS de Fornesa. Sin embargo, había mucha menos gente que otras veces. Sobre todo, se notaba la ausencia de los convergentes, que madrugaron para tomar las mejores posiciones en el Parque de la Ciudadela, el otro escenario de la liturgia patria.
 
Y es que tenían prisa por silbar a Maite Martín, la cantaora flamenca que iba a profanar la ceremonia institucional soltando unos quejíos en el idioma del invasor, que sigue siendo –hay cosas que no cambiarán nunca– el de esos obreros de la SEAT que aún recuerdan a José Montilla trabajando a su lado en la cadena de montaje del seiscientos. Luego, tras los pitidos, los dirigentes del tripartito y de CiU se reconciliarían en una ovación unánime. Sería al sonar las letanías indubitadamente catalanas de la plegaria: las letras de la mallorquina Maria del Mar Bonet y los poemas del valenciano Vicent Andrés Estellés.
 
Lejos del tinglado de la nueva farsa y más solo que Pujol, el pobre Casanova había de conformarse con entretener su heroico aburrimiento observando de reojo el tenderete de catecismos nacionalistas. El que, como es tradición, lucía más que el sol bajo la estrella de Fornesa, en la puerta de la sucursal de delante. Esta vez, los ejemplares de un sólo título ocupaban casi toda la mesa. Se trataba de Cataluña: de la identidad a la independencia, de Xavier Rubert de Ventós, con prólogo, recomendación perentoria de lectura, aplausos entusiastas y loas genuflexas de su íntimo amigo y confidente, Pasqual Maragall i Mira.
 
Otra paradoja del Oasis: mientras Carod volvía a exigir silencio en la Ciudadela, Pasqual hablaba por los codos ante el atónito Rafael: “Independicémonos y entenderán que somos una nación, por fin. Ironía mortífera. Tremendamente efectiva para conseguir lo que yo quiero conseguir y Xavier Rubert de Ventós ya da por imposible: convencer a España de su miopía”. Y apostillaba su alter ego: “Nosotros no nos tenemos que enredar con las palabras. ¿Método?: poco a poco. ¿Nombre?: cualquiera, aunque fuera Autoridad Catalana (tal como se dice todavía Autoridad Palestina), o quizás invertir el eslogan chino de Hong Kong: un sistema, dos naciones (...) Ganar la lucha es saber absorber la energía del otro. Para pelearse es preciso comenzar por abrazarse”.
 
¡Absorber la energía del otro! Como si se tratara de un reflejo condicionado, al leerlo, no pude evitar volver la vista hacia el obelisco. Fue en ese instante cuando Casanova y yo nos cruzamos las miradas: los dos habíamos pensado en lo mismo. Por lo demás, fue una lastima que justo entonces tuviera que dejarlo allí, triste, solo y olvidado de todos. Pero necesitaba dinero, y aquel cajero de La Caixa ya no me lo iba a dar: la semana pasada anulé mi cuenta.
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