Cataluña

Las almas muertas

José García Domínguez
La historia de lo que ha de acontecer está tarde en el Parlament se empezó a escribir en la Barcelona de 1975, mientras Franco agonizaba. Ocupa los dos volúmenes de una tesis que se titularía “Cataluña y yo somos así, señora”, si su autor no hubiese errado al preferir bautizarla “El concepto de cultura política”. Nuestro elegantísimo doctorando, vástago de un ilustre patricio de la Lliga recién aterrizado en casa tras el preceptivo master en Estados Unidos, pretendía defender aquella su investigación en catalán. Tras comunicar la nueva al tribunal que lo habría de examinar, la reacción del señor decano sería fulminante. Ni hablar –nunca mejor dicho–, antes de profanar aquel templo del saber con la lengua de Pompeu Fabra pasarían por encima de su cadáver. Mas –nunca mejor traído– el agua no llegaría al río. Al contrario, poco después, el elegantísimo doctor era nombrado secretario general del PSUC, el partido comunista catalán; y el decano, presidente de la neonata ERC. Es más, hoy, ahora mismo, Rafael Ribó y Joan Hortalà suman fraternalmente sus voces al coro griego que implora a todas las fuerzas catalanas no madrileñizar la política catalana. Es decir, no alterar ni una coma el guión de siempre, el de la crónica de la nada anunciada. Y bien sabe Dios que serán atendidos.
 
Conocer la intrahistoria del oasis tiene sus ventajas. Por ejemplo, uno puede dedicar tranquilamente la tarde del miércoles a analizar las consecuencias de una moción de censura que se votará el viernes, algo impensable en cualquier otro rincón del planeta, salvo Sicilia, Córcega y el Condado de Las Vegas. Y es que la razón última de que resulte imposible desmontar la Tangentópolis catalana apela a la calidad del material humano que nutre su clase política. Así, la nomenklatura de sexagenarios que controla hoy el PSC surgió de la nada tras la muerte del dictador. Entonces, a mediados de los setenta, todos los militantes del partido de Reventós, Maragall y Serra cabían en un Audi con los asientos tapizados en cuero, y aún sobraban plazas. Por su parte, Convergencia era un grupito de matrimonios que se reunía los domingos en torno a unas pastas de anís y a la pareja Pujol-Ferrusola. ERC, simplemente, no existía. Y el PSUC, el mítico PSUC, no era más que eso, un mito. Ahora, tras el fallecimiento de Roman, su organizador en la clandestinidad, se sabe que nunca llegó a tener más de cien militantes hasta prácticamente el final del Régimen. En suma, todo aquel polvo, lo que ha traído todo este lodo, se reducía a una colla de amiguetes que podían mudar de siglas con idéntica facilidad que Hortalà de idioma.
 
Ocurre que la famosa resistencia antifranquista catalana, simplemente, no existió. Y que al recambio generacional de aquellos famosos resistentes antifranquistas catalanes, simplemente, no le han dejado existir. El Zetapé que debería jubilar a Maragall esta tarde, está cursando el Bachillerato LOGSE. He ahí el auténtico drama que está servido. El que habremos de engullir los catalanes cuando, el vienes por la mañana, nos retiren el soufflé de la vista.
A continuación