Ley electoral

La urgencia de lo obvio

José García Domínguez

Creo que fue el difunto Fernández Ordóñez quien sentenciara que éste es el único país del mundo civilizado en el que siempre hay que andar batallando por lo obvio. Y lo obvio es que aquí llevamos un cuarto de siglo avanzando, sin prisas pero sin pausas, hacia el abismo. Tan obvio es eso como que en el grueso de la sociedad española ya ha madurado un sentimiento fatalista que la predispone a admitir de grado su propia aniquilación. He ahí la gran victoria de nuestros micronacionalistas domésticos, el premio a ese afán tan suyo por robar conciencias con la misma diligencia que aplican a sustraer carteras. Y es que, al fin, han logrado convencernos de que su cáncer, el del tribalismo identitario, constituye una patología específicamente ibérica, algo tan castizo como los toros y el flamenco, y tan intransferible como el DNI. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, digamos antropológica, de casi todos los estados-nación europeos.

Porque la genuina excentricidad hispana no radica en los particularismos cainitas que ellos abanderan. Sin ir más lejos, la propia Francia carga con su buen par de docenas de potenciales ibarretxes, carods, maragalls y otegis, además de su correspondiente corolario de montillas, eguigurens y patxis nadie. Sin embargo, si algo es y será obvio en Francia, ese algo lo constituye la propia Francia. Certeza que, por lo demás, sólo se asienta en una única premisa: la imposibilidad material de que, cada media hora, el Artur Mas de turno se les cuele en el despacho del presidente del Gobierno para dictarle los planos del edificio del Estado. Pues no es otra la especifica, la gran anomalía estridente de la democracia española, el auténtico hecho diferencial que nos aleja de nuestro entorno, el abismo jurídico que nos escinde de cualquier sociedad europea dotada de asfaltado, luz eléctrica y sentido común.

Casi nadie quiere reparar en ello, pero, con ser letal, lo que lleva un cuarto de siglo acelerando la eutanasia a plazos del Estado no es el Título Octavo de la Constitución, sino la Ley Electoral. Ahí es donde se nutre ese oxímoron que nuestros ciegos dan en llamar nacionalismo moderado; ése que hoy apela al derecho de sangre en la puerta del Liceo para repudiar que un andaluz mancille la memoria de Vifredo el Velloso; el mismo que, en el mejor de los escenarios, chantajeará a Mariano Rajoy con idéntico entusiasmo que sus pares de ERC a Zapatero. Por eso, la urgencia de promover la reforma de la Ley Electoral, elevando a cuatrocientos el número de los diputados en el Congreso, tal como acaba de recomendar Paco Vázquez desde las páginas de El Mundo. La urgencia, como siempre, de lo obvio.

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