La trastienda de PISA

José García Domínguez

España no ha mejorado sus resultados en el informe PISA. Esa es la enseñanza primera y más importante que procede extraer de la publicación de la célebre tabla comparativa de rendimiento escolar referida a 2015. Y es que, a diferencia del algodón, que nunca engaña, la media aritmética es una medida de tendencia central que, con frecuencia, puede llamar al error. Así, como en el caso que ahora mismo nos ocupa, cabe que un país, España por más señas, ascienda de posición relativa en la clasificación general no porque sus alumnos hayan progresado en conocimientos y sepan mucho más que en cursos anteriores, sino porque los estudiantes de otros países han empeorado su propio rendimiento particular. Si el Barcelona y el Real Madrid marcan muchos menos goles durante una liga, la posición del Osasuna y del Granada mejorará de modo automático y se acercará a la media de ese ranking, pero de ello no procederá inferir que sus delanteros han acertado más entre los tres palos que en temporadas anteriores. Es lo que le acaba de ocurrir a España con el PISA de 2015. Seguimos, pues, donde solíamos, en la muy discreta medianía entre los países de la OCDE.

Ni mucho peores que el resto en todo, ni muy brillantes en nada. Los resultados, como suelen, no son para tirar las campanas al vuelo, pero tampoco para tirarnos por un balcón. Nuestros indicadores vegetan insertos dentro de los muy precisos límites de la más estricta y canónica de las definiciones de la mediocridad. Nada nuevo bajo el Sol. En el fondo, la ya infinita retahíla de tópicos y lugares comunes que se han implantado entre la opinión pública a cuenta del sistema educativo español solo ha servido para ocultar dos evidencias para nada edificantes. La primera y más palmaria es que el rendimiento escolar de los hijos depende, por encima de cualquier otra variable, del nivel formativo de los padres. El hijo de un profesor de universidad siempre obtendrá mejores notas en el colegio que el hijo de un peón caminero. Siempre. Eso se llama origen social y no se mide en PISA. Los resultados, por ejemplo, de Extremadura únicamente se pueden entender tomando en consideración esa clave económica y sociológica, por lo demás ajena a la mayor o menor calidad específica de la red de instrucción pública. La segunda es que, pese al masoquista afán por mortificarnos que tanto nos retrata, la educación en España no está tan mal como se predica, ni mucho menos. De hecho, las únicas estadísticas extravagantes que distancian a nuestras escuelas de la normalidad docente propia de un país desarrollado son las de abandono escolar.

El abandonado escolar en España sí es escandaloso e injustificable. Nada menos que cuadruplica al de Suiza y representa el triple del que se observa en lugares como Austria, Irlanda, Suecia u Holanda. Pero esa anomalía nuestra de connotaciones tan tercermundistas también remite a una explicación que tiene poco que ver con la eficacia del sistema educativo y mucho, en cambio, con el modelo productivo del país. De ahí que la deserción prematura de las aulas no suponga una lacra generalizada sino que se concentre en determinados territorios, como Canarias, Baleares, Andalucía, Cataluña o Murcia. Zonas costeras lastradas todas ellas por la hipertrofia del sector turístico de gama baja o muy baja. Aunque el problema no es el turismo, o en general el sector servicios de escaso valor añadido y precaria productividad, sino su regulación legal. De hecho, la economía suiza también genera muchos empleos de camarero que podrían incentivar el abandono escolar temprano. Pero, a diferencia de lo que ocurre aquí, en Suiza se exige un título de grado medio, ya sea bachiller o formación profesional, para poder acceder a esos empleos. Las aulas, desengañémonos, solo son un mero eslabón, uno más, en la cadena que da forma al gran bucle de la mediocridad hispana.

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