La tentación populista

José García Domínguez

Los populistas y los ladrones de carteras gastan costumbres parecidas. Los dos gritan "¡Al ladrón!" cuando echan a correr para así sembrar el desconcierto entre el público mientras se dan a la fuga. Repárese, si no, en esa reiterada promesa de PP y PSOE ante la inminente campaña de las europeas. Unos y otros nos anuncian su muy sincero afán de combatir el discurso populista que hace estragos en el continente desde el inicio de la crisis del euro. Y sin embargo, nada más populista que los relatos canónicos de PP y PSOE. Porque populismo no es únicamente ese recurso a la demagogia fácil con que el grueso de la prensa ha abordado un colapso cuyas claves intelectuales se le escapan.

Populismo también es querer representar la fractura entre el Norte y el Sur de la Unión Europea como una disputa clásica entre izquierdas y derechas. Porque nada más lejos de la verdad. Lo que está chocando en Europa son las agujas de las brújulas, no las ideologías. Hoy, un comunista portugués, un conservador español, un socialdemócrata francés y un liberal griego comparten los mismos intereses objetivos en el terreno económico. De igual modo que la extrema derecha finlandesa encuentra muchísimas más afinidades con el programa del SPD alemán que con, pongamos por caso, el del Frente Nacional de Le Pen. El euro, esa camisa de fuerza que en mala hora se nos ocurrió abrocharnos, es lo que ha obrado el milagro de reconciliar a diestra y siniestra por mor de un interés superior, el de la comunidad nacional.

Cuando la Guerra Fría, Revel decía de los comunistas franceses que no estaban en la izquierda, sino en el Este. Y con nuestros grandes partidos ocurre algo parecido. Ahora mismo, tampoco moran en la izquierda o en la derecha: están –estamos todos– en el Sur. Por eso Sarkozy, Hollande, Zapatero y Rajoy venían condenados a hacer lo mismo. Todos vagaban –vagamos– por idéntico callejón sin salida. Al modo de los personajes de las grandes tragedias clásicas, el nacimiento del euro era tan inevitable como imposible de controlar su devenir posterior. La libertad de circulación de capitales dentro de la UE forzó su existencia. Y la inalcanzable productividad de Alemania fuerza su crisis crónica. Es nuestro Frankenstein, que se nos ha ido de las manos. Ni izquierdas ni derechas, pese a los populistas de todos los partidos, en Bruselas se jugarán intereses de España. De España y solo de España.

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