Desafío nacionalista

La suerte está echada

José García Domínguez
Admitámoslo de una vez por todas: no hay nada que hacer, nunca bajarán del monte; no tienen remedio. Hemos sido generosos, extraordinariamente generosos. Y nos lo pagan acuchillándonos por la espalda cuando surge la menor oportunidad. Hemos sido comprensivos, exageradamente comprensivos; ellos también, mas con los que nos disparaban en la nuca. Buscamos desesperadamente la concordia. Fue ocioso: jamás han cejado, ni por un mísero instante, en ofendernos y en vejar a los nuestros que cargan la cruz de soportarlos en la existencia diaria. Les cedimos atributos a los que ningún Estado europeo renunciaría salvo por la fuerza de las armas. Los desprecian. Por todas las vías tratamos de entendernos. Inútil. Nos armamos de paciencia durante un cuarto de siglo, mientras dejábamos mil cadáveres en las cunetas del camino. Y escupen sobre su memoria. Y lo interpretan como debilidad. Y se ríen de las leyes. Y nos amenazan con unas tortas. Y harán acopio de langostinos con que homenajear a De Juana Chaos cuando vuelva a aparecer por su aldea. Admitámoslo ya: nos hemos equivocado. En todo.
 
Admitamos ya que hay que aprender las lecciones que enseña la Historia. Por ejemplo, que no es la primera vez, que también traicionaron a la República, los unos sublevándose contra el Gobierno legítimo, y los otros, rindiéndose cobardemente ante Mussolini. Admitamos que en 1978, aceptamos e implantamos un modelo de Estado en el que no creíamos más del ochenta por ciento de los españoles, únicamente para que ellos, una ínfima minoría, se sintiesen cómodos. Admitamos, por fin, que no ha servido absolutamente para nada. Que, por el contrario, su empeño en la lapidación cotidiana de las señas de identidad de la Nación hubiese resultado baldío sin el regalo tan oneroso que les hicimos entonces: ese juguete roto que responde por Título Octavo de la Constitución. Y admitamos que, ahora, volverá a ocurrir exactamente lo mismo. Admitamos de una vez la evidencia: que no creen en la democracia liberal, que la entienden como un trámite engorroso sólo útil para colonizar las conciencias de la gente a través de las instituciones que controlan. Creamos en la palabra de Maragall cuando nos ordena que perdamos toda esperanza, porque no se darán por satisfechos jamás, hasta el día que consigan destruir definitivamente la Nación. Y de paso, creamos un poco en nosotros mismos. Aunque sólo sea porque somos muchos más y mejores que ellos.
 
No hay nada que hacer: están plenamente decididos a tirar por la vía balcánica. Han elegido el desastre. El suyo y el nuestro. Ése es su deseo. Y se cumplirá. Ahora, todo es únicamente una cuestión de tiempo. La suerte ya está echada. Admitámoslo.       
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