Zapatero y Cuba

La sucia realidad

José García Domínguez
Peter Pan ni es comunista ni lo ha sido jamás. De hecho, si existe una interpretación del mundo que repugne a una delicada sensibilidad romántica como la suya, ésa es precisamente el marxismo-leninismo. Nada tienen que ver, pues, ni el materialismo histórico, ni la lógica dialéctica, ni la doctrina de la lucha de clases, ni todas esas complejas abstracciones de los mayores con el gran póster del Che Guevara que aún vela sus sueños en el dormitorio eterno de su única patria, la infancia.
 
Mas no cabe inferir de ello que Peter Pan sea un tonto. Al contrario, ni lo es ni lo ha sido nunca. Aunque sólo fuese porque en un negocio como el suyo, a los lerdos no los dejan subir demasiado alto. Y él ya ha trepado más allá que nadie por la pared helada del poder. De ahí que tampoco se llame a engaño con las mentiras del comandante. Peter lo sabe mejor que nosotros: eso que él mismo insiste en llamar “bloqueo” se reduce a la determinación norteamericana de no adquirir productos a la dictadura. De idéntico modo, no ignora que, en 1959, Cuba ocupaba el tercer lugar por nivel de vida entre todos los países de América Latina, únicamente detrás de Uruguay y Chile. Y que, hoy, la pensión íntegra de un jubilado no alcanza para comprar cuatro filetes de carne. Lo sabe. Perfectamente.
 
Como perfectamente sabe que no fue Fidel sino su idolatrado Che quien creara en 1960 los campos de trabajos forzados en la península de Guanaha. Ese gulag del Caribe, todavía ahora repleto de demócratas y “mariconsones”, como gusta decir al comandante. Claro que Peter lo sabe. Mejor que nadie. Igual que supo en su día del lírico canto al terror que imprimiera en su testamento aquel querubín barbudo caído en Bolivia: “El odio eficaz es el que hace del hombre una violenta, selectiva y fría máquina de matar…”.
 
Lo sabe. ¿Y qué? Todo eso ocurrió y ocurre en la realidad. ¿Y a quién importa la prosaica, la sucia realidad? A Peter, desde luego, no. Porque el mundo de Peter Pan es otro: el verdadero, el puro, el de las intenciones. Qué más da si las utopías socialistas han dejado los cadáveres de cien millones de trabajadores tirados en las cunetas de la Historia. ¿Acaso no era tan bello aquel sentimiento de crear al hombre nuevo, el que empujó cien millones de veces el gatillo del Kalashnikov? Sí, puede que el Che fuese un idiota moral. ¿Y? ¿No era intenso, hermoso, verdadero el fuego justiciero que ardía en su corazón? ¿O habría Peter de rebajarse ante esos absurdos adultos que pretenden utilizar la razón para juzgar al ideal? ¿Desde cuándo los hechos, los vulgares hechos, pueden ensuciar la limpieza inmaculada de un póster guardián de sueños? Sí, también es cierto, hasta Campanilla ha de hacer la calle en el Malecón por dos euros la noche. ¿Y eso qué demuestra? ¿Qué tiene que ver con el Che? Es más, ¿a quién importa? A Peter, desde luego, no.
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