La solución al problema catalán

José García Domínguez

Solo dos de cada diez jóvenes barceloneses de entre 15 y 29 años tienen el catalán como lengua habitual, leo en la prensa doméstica, que trata el asunto con la rutinaria alarma apocalíptica y algo histriónica de siempre. A mí, que soy barcelonés y gasto buen oído, dos de cada diez me parecen muchos, la verdad. Seguro que deben de ser menos. En cualquier caso, lo que viene a certificar ese estudio, obra de la propia Generalitat, es que las comunidades lingüísticas tradicionales de la capital de Cataluña permanecen inalteradas e iguales a sí mismas a lo largo del tiempo (los que siempre hablaron en castellano siguen haciéndolo pese a los ocho lustros de inmersión universal, y viceversa). Porque lo que marca el lento si bien constante declive del uso social del catalán, observable de modo muy acusado entre los más jóvenes, es el hecho, tan inopinado para los nacionalistas, de que la inmensa mayoría de los extranjeros (los hay de más de treinta nacionalidades) que se instalaron en la ciudad a partir del cambio de siglo, una cohorte demográfica que ya representa en torno al 25% del censo municipal, nunca fueron sometidos al intensísimo bombardeo propagandístico y emocional, sobre todo emocional, posterior a la Transición con el asunto de la lengua.

Para un ecuatoriano o para un nigeriano de Nou Barris, pongamos por caso, el catalán no es ya el idioma del prestigio y del ascensor social por la muy prosaica razón de que el ascensor social local lleva estropeado y sin funcionar desde hace lustros. En Barcelona, y por extensión en Cataluña toda, nadie deja de ser un desgraciado por hablar todo el tiempo en catalán, constatación fáctica que acaso haya ayudado a que el grueso de la comunidad procedente del exterior optase por el español como idioma de uso personal y relacional. Frente al gremio de los pesimistas profesionales, ese oficio tan lucrativo, yo siempre he creído que sí existe una solución para el problema catalanista, algo que los catalanistas más inteligentes comprendieron tan pronto como en los años treinta del siglo pasado. Y esa solución definitiva a largo plazo tiene, por lo demás, un nombre muy bonito: se llama demografía.

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