PSOE

La segunda transición

José García Domínguez
Sólo se puede entender reparando en que los hermanos Izquierdo –los de Puerto Hurraco– fueron detenidos el día de autos con el carné del PSOE en el bolsillo. Me refiero, claro, al aluvión de resentimiento y afán de revancha a cuatro columnas y doble espacio que, después del 14 de Marzo, sigue anegando cada mañana la sección de opinión del diario de la crema de la intelectualidad progresista. Si se encontrase el método técnico para desalinizarlo, ese caudal de bilis que no dejan de vomitar ilustres catedráticos y doctos jurisconsultos sería suficiente para resolver con creces el problema hidráulico del Levante, con el consiguiente ahorro de las costosas inversiones que requerirá el PHN. Y es que la amargura que destila la victoria socialista y su vitriólica celebración están poniendo crudamente de manifiesto una de las grandes carencias de la democracia española: la tarea inconclusa de intentar civilizar a la izquierda.
 
Desde la jornada de reflexión, sabemos que la modernidad no es más que un levísimo barniz que se adhiere con dificultad a la superficie arisca de cierta España cejijunta que en el último cuarto de siglo únicamente ha aprendido a utilizar las funciones de un teléfono móvil. Con esa España firmó un contrato moral Rodríguez Zapatero cuando lanzó a las calles a los hijos de la LOGSE, para intentar dar un golpe de Estado con la coartada de que se había hundido un barco en el curso de una tormenta. El futuro presidente añadió nuevas cláusulas al pacto al volver a usarlos como fuerza de choque contra la legitimidad del Ejecutivo durante la intervención aliada en Irak.
 
Por fin conseguido el objetivo del Poder, ellos continúan tomando a Al Qaeda y a ETA por dos respetables ONG, y ZP sigue confundiendo a la OTAN con la UNICEF, pero son discrepancias secundarias. Lo sustantivo es la perfecta sintonía entre el próximo líder de la octava potencia económica del mundo y absolutamente todos los antisistema que no quieren enterarse de que el Muro de Berlín cayó en 1989, ni de que Franco murió en la cama en noviembre del año 75 del siglo pasado.
 
El suicida de los tres calzoncillos fue la última gran superproducción de la factoría de la realidad virtual desde la que estos días claman venganza algunos de los papás de esos hijos de la ira que han hecho suyas las calles. Pero lo que promocionan ahora los tribunos del pensamiento único con sus jaculatorias es un serial por capítulos. Se trata de un remake adaptado a los nuevos tiempos de un viejo éxito de la casa que llevaba por título El bienio negro, y que aún hoy sigue generando ingresos por derechos de reproducción.
 
Se trata de ofrecer a ese gran público, ya ducho en el asalto impune a las sedes del PP, el argumento que explique que la derecha no está legitimada para gobernar. Ni antes, ni ahora, ni después, ni nunca. En entregas posteriores, a la audiencia le será revelado que la nación no es más que la coraza que esos usurpadores idearon para suplantar a los únicos y verdaderos representantes de la voluntad general. Y en el último capítulo, se explicará del modo más didáctico posible que esa invención espuria de ningún modo debe seguir ejerciendo la soberanía sobre territorios que, a diferencia de ella, sí son reales. Con una butaca reservada para ZP en el palco de honor, todos están invitados ya al gran estreno. ¿El título del culebrón?: La segunda transición.
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