La religión del 3%

José García Domínguez

Con rutinaria alarma, la Comisión Europea acaba de advertir al Gobierno que España corre el riesgo cierto de incumplir su supremo mandato, el de achicar el déficit hasta el 3% con 2016 como límite. Y es que, igual que el número de la Bestia es el 666, el de la Unión Europea resulta ser el 3. Aunque nadie sepa a ciencia cierta la razón última de que así sea. De hecho, uno de los grandes misterios del siglo es la razón de ser de ese sacrosanto 3%. ¿Por qué el déficit de los Estados europeos debe exhibir como máximo un 3, no el 4, el 5 o el 7? La respuesta de los eurócratas remite a un lacónico porque sí. Y punto. De hecho, no hay ninguna razón contrastada que avale el dogma. Ninguna confesable, por lo menos.

Esa absurda camisa de fuerza que se ha impuesto a los países cuando más necesario resultaba el impulso contracíclico del sector público obedeció al deseo de que el euro compitiera con el dólar, de que se convirtiese en un medio de pago y de depósito de valor también extramuros de la Unión. No, no hay más lógica detrás del dichoso 3% que esos delirios de grandeza de los autores intelectuales de la moneda común. Querían ser como Estados Unidos, gozar del privilegio exorbitante que solo los yanquis se pudieron permitir hasta 2008, cuando el sistema todo se vino abajo. Soñaron con vivir, al modo de Wall Street, del ahorro del resto del planeta. Y para eso hacía falta un euro estable y fuerte. De ahí la enfermiza obsesión con el 3%. El sueño de una noche de verano, apenas eso.

Al cabo, la ideología de la austeridad, simple coartada de circunstancias a fin de poder liberar recursos con destino a salvar de la quiebra al sistema financiero de la Eurozona, fue novedad bastante posterior. Del sostenella y no enmendalla, de eso, y solo de eso, estamos hablando cuando Bruselas amenaza con la ira de los dioses en caso de no cumplir. Todo el mundo (salvo los tertulianos celtíberos) lo sabe: la causa profunda de la crisis en la Zona Euro no remite al gasto público sino a los superávits por cuenta corriente de Alemania. Lo saben y, sin embargo, tomarían por loco a quien propusiera fijar un límite cuantitativo, pongamos del 3%, a esos superávits estructurales en los que incurre Berlín desde la creación del euro. Pero por loco de atar. Eso sí, el otro 3% se les antoja tan pertinente y sensato como sagrado. Cosas de las religiones.

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