La raza española

José García Domínguez

Si algo se puede afirmar ya con certeza indubitada tras toda la bilis infecta vertida en la prensa de Madrid a raíz de la investidura de nuestro president, el Muy Honorable Quim Torra, es que los habitantes del Estado español, y muy especialmente los andaluces, resultan ser criaturas poco hechas y de natural anárquicas. Nada nuevo, por lo demás. Recuérdense si no las palabras que Jordi Pujol publicó a principios de la década de los sesenta del siglo pasado en un libro titulado La inmigración, problema y esperanza de Cataluña. Pues allí ya podía leerse esto:

El hombre andaluz no es un hecho coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, es un hombre que hace cientos de años pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de la comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Si por la fuerza del número la llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña.

Y difícilmente podría ser de otro modo teniendo en cuenta que, tal como con similar perspicacia el hoy preso político Oriol Junqueras reveló en cierto artículo del diario Avui aireado a mediados de 2008,

los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles; más con los italianos que con los portugueses, y un poco con los suizos. Mientras que los españoles presentan más proximidad con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los franceses.

La pieza llevaba el sugerente título de "Bon vent"… Una expresión que todo buen patriota catalán sabe interpretar a la primera. Así las cosas, nadie debería escandalizarse a estas alturas de que el cociente intelectual de los españoles y las españolas sea muy inferior al característico de los catalanes y las catalanas. A fin de cuentas, esas diferencias genéticas también se dan en otros muchos Estados, tal como Heribert Barrera, inolvidable presidente del Parlament en su día y secretario general que fuera de Esquerra Republicana de Catalunya, explicó en relación a los negros norteamericanos. "El cociente intelectual de los negros de EEUU es inferior al de los blancos", concluyó aquel gran científico catalán. Para, acto seguido, añadir:

No pretendo que un país haya de tener una raza pura; esto es una abstracción. Pero hay una distribución genética en la población catalana que estadísticamente es diferente a la de la población subsahariana, por ejemplo. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, hay muchas características de la persona que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas.

También a las enseñanzas de Barrera debemos otras aportaciones al acervo común del catalanismo cívico e integrador no menos valiosas que las anteriores. Como, sin ir más lejos, las que se contienen en esta otra reflexión suya:

El país en conjunto perdió [se refiere a la inmigración hacia Cataluña de los sesenta]. Ahora tenemos escasez de agua. Si en lugar de seis millones fuésemos tres, como antes de la Guerra, no tendríamos ese problema. Una de las propagandas del multiculturalismo es que el mestizaje es un enriquecimiento. ¿Por qué? ¿Qué ganamos con que en este momento se bailen en Cataluña tantas sevillanas? Nada.

De ahí, del acuciante problema de las sevillanas, que tantas madres catalanas teman con una comprensible mezcla de horror y pánico que sus hijos puedan topar con la prole de los inmigrantes andaluces en sus juegos infantiles. Algo, esa promiscuidad casual, que provocaría traumáticos lloros en los pobres chiquillos autóctonos, tal como Marta Ferrusola explicó en cierta ocasión al describir la intensa angustia de su retoño Oriol cuando tuvo que soportar en un parque a un montón de niños castellanohablantes. Qué le vamos a hacer si, tal como el mismísimo Prat de la Riba atestiguó en 1898,

los castellanos son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir, y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada.

Por eso ahora pasa lo que pasa. Porque no hay derecho, tal como manifestó Duran Lleida cuando aún ejercía de portavoz de CiU en el Congreso, a que

mientras un agricultor catalán no puede coger alguna fruta porque no le sale a cuenta, en otros sitios de España, con nuestra contribución, reciban un PER.

He ahí la razón última, por cierto, de que tantas voces sensatas y respetables dentro del catalanismo, como la de Josep Lluis Carod Rovira, sin ir más lejos, reclamasen a los combatientes de ETA que se fijaran bien en el mapa cuando pretendieran implementar alguna acción armada. Pues, como es lógico, deseaba que todos los muertos, huérfanos y mutilados por ese tipo de intervenciones puntuales fuesen, a ser posible, andaluces y andaluzas de pura cepa. En concreto, las palabras literales de Carod fueron, recuérdese, las siguientes:

Cuando queráis atentar contra España, situaos previamente en el mapa.

En fin, que tiene más razón que un santo el president Quim:

Los españoles en Catalunya son como la energía: no desaparecen, se transforman.

Ah, la sucia y maloliente inmundicia española, esa cruz que los catalanes todos deben soportar con su sufrida y admirable resignación europea. Ah, esa lerda, aciaga España racista.

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