La Operación Albert Rivera

José García Domínguez

La eventual fusión de Ciudadanos y UPyD a fin de alumbrar un nuevo partido llamado a disputar la condición de tercera fuerza parlamentaria a Podemos comenzará a negociarse oficialmente la próxima semana en Madrid. Todo se hará con luz, taquígrafos y cámaras de televisión. En la ronda de conversaciones ya pactada, que se prevé larga, participarán Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán en representación de UPyD. Por parte de Ciudadanos, a estas horas solo está confirmada la presencia de Albert Rivera. El segundo interlocutor, aún por designar en la Ejecutiva de C's, podría acabar siendo alguno de los dos eurodiputados con que cuenta la formación en Bruselas. Tras resistirse con uñas y dientes, pues, a Díez no le ha quedado más remedio que dar su brazo a torcer.

La presión sobre ella era –es– demasiado fuerte como para continuar enfeudada en el bunker del no sin arriesgar incluso su propia condición de lideresa indiscutida del partido. Presión interna, esa cuya punta del iceberg responde por Sosa Wagner. Pero, sobre todo, presión externa. Desde algún poder fáctico del Ibex 35 seriamente alarmado ante la irresistible ascensión de Pablo Iglesias y sus sans-culottes, pasando por Fernando Savater, el intelectual orgánico de la tercera vía y asesor áulico de Díez, y siguiendo por algún célebre muñidor de la opinión pública. Demasiado para Rosa. Ya se sabe, a la fuerza ahorcan. Y a la fuerza acudirá Díez a ese cónclave donde, si ella no logra impedirlo a última hora, podría alumbrarse la bisagra que reclama a gritos el sentido común para poner coto a la deriva antisistema de la vida política española.

Y es que, descartado por completo el auxilio de CiU tras la huida al monte de Mas y sus apóstoles, la aritmética electoral apenas deja abierta una espita para que el país resulte gobernable a medio plazo: la Gran Coalición. Un matrimonio de conveniencia entre PP y PSOE que depositaría el monopolio absoluto de la oposición en manos de Podemos. El monopolio absoluto. Lo más parecido a jugar a la ruleta rusa que se habría hecho en las Cortes desde julio de 1936. La estabilidad institucional de la democracia española necesita como agua de mayo una tercera fuerza con vocación de apuntalar el sistema, que no de destruirlo. Si será posible lo comenzaremos a saber dentro de siete días.                  

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