Pepe Blanco

La Noria

José García Domínguez

Cayó el comunismo una noche en Berlín, es cierto, pero queda su genuina heredera, la televisión, al modo de las difuntas democracias populares, igualando a todos por abajo. Sin excepción. Esa televisión que el sábado avanzó sobre la última trinchera aún ajena a su dominio, la finísima raya divisoria que todavía escindía a las dos basuras: la del (burdo) espectáculo político, cuyo paradigma moral encarna La Noria; y la de la política rebajada a espectáculo (burdo), con ese inopinado híbrido entre Pajares y Esteso, J. Blanco, encumbrado a primer actor cómico de la nueva era sincrética.

Como se decía cuando entonces, todo un genuino marco incomparable, ése de los estudios de Telecinco, siempre tan propicios a las reyertas de muleros y su rica prosa tabernaria, suprema tarima del gruñido, catedral primada del rebuzno, espejo de ganapanes, zahúrda de boceras. La Noria, ¿acaso procede prueba mayor de que un gobernante muy principal del Reino en nada desentona alojado en la guarida de Coto Matamoros y el novio de Falete? Diríase que ese ubicuo tono provinciano que aquí mantiene el debate político, tan tosco, tan pobre, tan básico, tan increíblemente ajeno a cuanto acontece más allá de nuestras fronteras, tan refractario al pensamiento, tan apegado al inmediatismo baladí y la charlatanería huera, ha dado con su genuino lugar en el mundo: el aula magna de Jordi González

Persistan los unos, pues, dando vueltas y más vueltas a la noria del pobre tío Manolo y su hipoteca variable. Y continúen los otros aferrados a su ventriloquia cantinflista, la que les lleva a repudiar el recorte por injusto e insuficiente a un tiempo; esto es, a considerarlo insuficientemente injusto, o injustamente insuficiente, que tanto monta; o sea, en buena lógica formal, a rechazarlo sólo por antojársele a Rajoy todavía muy escasos los sacrificios humanos que exige. Sigan, unos y otros, todos, abonados a ese sentimentalismo tan teatral, tan pornográfico, tan peronista. Manténganse sólo atentos a los ingeniosos juegos de manos retóricos y la preceptiva sal gorda electoralista. Permanezcan con los ojos bien cerrados a la realidad. E ignoren, sobre todo, que lo ya inevitable, un crudísimo plan de estabilización, comenzará a ofrecer algún fruto mucho tiempo después de concluida esta legislatura. Así, gane quien gane, perderemos todos. Seguro.

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