La nave de los locos

José García Domínguez

Ayer, ojeando una gaceta de mi provincia acusé recibo con rutinaria perplejidad de la siguiente advertencia: "Si en el improrrogable término de treinta días no se ha emitido sentencia firme y justa [sic] del Tribunal Constitucional sobre el Estatut [...], los abajo firmantes procederán al cierre de cajas, rehusando pagar los impuestos que la opinión del pueblo haya declarado abusivos y/o extravagantes". Por lo demás, mi asombro relativo no surgió de la alucinante literalidad del escrito, ni tampoco de la alucinada personalidad de su promotor, el Muy Honorable Pasqual Maragall i Mira.

Lo que me resultó estupefaciente fue la normalidad con que semejante desvarío, fruto de una persona con sus facultades mermadas por el Alzheimer, iba a ser acogido en la sociedad catalana. Así, el disparatado llamamiento al motín, lejos de despertar cristiana compasión, se ha integrado en el paisaje retórico dominante con plena naturalidad. La misma, supongo, que destilan los internos de todos los manicomios tras toparse con la enésima reencarnación de Napoleón Bonaparte. Al cabo, si de algo peca ese revival del tancament de caixes que promoviera aquel célebre medidor de cráneos llamado Doctor Robert, es de blanda tibieza claudicante.

Porque, desengañémonos, lo de Maragall no deja de constituir un pellizco de monja al lado, por ejemplo, de los cien referendos separatistas prometidos por Puigcercós, el mismo que acaba de enviarle el finiquito a l´avi Carod, un tibio regionalista a su lado. Mas en la nave de los locos siempre habrá alguien dispuesto a doblar la apuesta. De ahí que los talibanes de la Esquerra ya parezcan unas nenazas al lado de cierto Joan Carretero, el rústico lunático escindido de sus filas que propone declarar la independencia mañana mismo y por las bravas, sin andar perdiendo el tiempo con votaciones y collonades.

Desconcertante tendencia la de la Cataluña contemporánea a dejar la cosa pública en manos de auténticos desequilibrados. Macià, un orate de atar; Companys, un ciclotímico capaz de las mayores barbaridades; Pujol, un místico irredento; de Maragall, mejor no hablar. Quizá Prat de la Riba fuese el único normal, un espíritu gobernado por pasiones prosaicas, tales como construir hospitales, asfaltar carreteras o ampliar el calado de los puertos. En cuanto a Montilla... ehhhh, o sea, ahhhhh...
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