Afrancesados

La Náusea

José García Domínguez
Allá por los años sesenta, un filósofo parisino especializado en el estudio de la ropa interior de sus alumnas, devino en el agente patógeno de la francofilia crónica que aqueja a nuestra progresía. Fue entonces cuando se estableció el rito canónico con el que ungir a los elegidos. Como es sabido, tres son los requisitos que han de cumplir los candidatos para ser admitidos en el rebaño de los Justos. Los dos primeros, como también es de dominio público, están al alcance de cualquier lerdo. Pues, únicamente mandan santiguarse cada vez que se tenga delante el retrato de cierto pistolero estalinista argentino, y, ocurra lo que ocurra, repudiar siempre a los Estados Unidos. El tercero es distinto, puesto que exige un esfuerzo efectivo, difícil y arduo para los más: ordena que al menos una vez en la vida, se entre en una librería, ya que impone exhibir en el mueble del comedor una obra de Jean Paul Sartre como mínimo.
 
Existe una afinidad profunda con ese francés que explica el carácter sartrianamente turbio del socialismo español y su voluntad férrea de constituirse en la última colonia intelectual gala. Pero no crea el lector malvado que ahora pienso en la justa fama de sucio que se ganara a pulso el autor de La náusea. No, me refiero al radical fariseísmo moral que hermana a maestro y discípulos. Por ejemplo, ni el uno ni los otros movieron realmente un dedo para resistir a las dictaduras que dijeron combatir. Por más ejemplo, el uno dejó escrito que los ciudadanos soviéticos no viajaban, no porque lo tuviesen prohibido, sino porque no sentían deseo alguno de abandonar su maravilloso país. Los otros, únicamente necesitan cambiar la palabra soviético por cubano para jurar lo mismo. Y por penúltima vergüenza, el uno estrenaba obras de teatro en el París ocupado, mientras se mostraba indiferente al genocidio de los judíos. Y los otros, se fotografían ahora con Chirac al tiempo que desprecian la persecución y exterminio de los republicanos españoles en Francia, durante el gobierno del Frente Popular de León Blum.
 
El domingo pasado, un superviviente, Carles Fontserè, lo recordaba así en La Vanguardia:
 
–  "¡Hijos de puta…! Atajo de indeseables”, nos llamó el jefe del Gobierno francés, Édouard Daladier, un radical socialista. Igual que Albert Sarraut, que en la Asamblea Nacional nos definió como “esos despojos de la humanidad que han perdido todo sentido moral y que constituirían para nosotros un peligro muy grave si los mantuviéramos en nuestro país”. Hijos de puta… ¡Allí murieron 14.000 españoles en seis meses!
 
Rodríguez acaba de prometer reparaciones a los perseguidos de un bando de la guerra civil del año 34. Puede empezar por este catalán de 88 años. Que mejor momento que éste. Ahora, cuando se alumbra el fraternal eje franco-español y, felizmente, retornamos al regazo protector de París.
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