OPA sobre Endesa

La muerta

José García Domínguez
La expresión “aldea Potiomkim” se acuñó en tiempos de la Rusia zarista; concretamente, en 1787. Durante aquel año, su inventor, el conde Potiomkim, ordenó izar infinidad de ellas a través de todo el trayecto que había de recorrer su amante, Catalina la Grande, en los viajes entre sus dos palacios. Se trataba de hermosas fachadas de cartón piedra que se extendían a lo largo del camino, construidas con el propósito de que la zarina viviese desde su carromato la sensación ilusoria de atravesar una arcadia feliz. Tiempo después, Stalin plagiaría la idea, en el Archipiélago Gulag, para engañar a Gorki haciéndole creer que sus desgraciados moradores habitaban la República Penitenciaria de Jauja. Y más tarde aún, falsarios y tahúres de toda ralea expatriarían el ingenio, hasta allegarlo a este rincón del Mediterráneo.
 
De ahí que uno incluso haya sentido la tentación de aplaudir a un dirigente de la derecha española, al contemplar a Rajoy husmeando tras los andamios frente a los dos escenógrafos jefes del Casal Potiomkim de Casa Nostra, Franco y el otro. Por lo demás, prueba añadida de que el gallego no dejó meter cuchara a Piqué en su discurso de anteayer es que, contra lo que pronosticaba la afición, no resultó centriste, sino valiente. Además, también se antoja que don Mariano bajó a la sede de La Caixa para hablar de OPAS, así, en plural. Porque la doctrina del líder de la oposición sobre la conjura de los necios contra ENDESA, tal vez con la excepción del Partido Popular de Cataluña, diríase que la ha entendido todo el mundo. Aunque para mí tengo que nadie reparó en el autor de la única cita literal que incluía su discurso; ésa tan cuidadosamente elegida que rezaba: “un país en el que se descalifica a los críticos, se les arrincona para que no molesten, casi se les despoja de su condición moral de ciudadanos, se enfrenta a la corta o a la larga con problemas, con serios problemas”. Y es que quien eso suscribe, Francesc de Carreras, no es otro que el promotor y primer firmante del “Manifiesto por un nuevo partido en Cataluña”, el movimiento que aspira a ocupar el espacio ideológico libre de gomina y complejos del que han desertado en desbandada los populares del Principado.
 
Pero el aroma más estimulante de la alocución lo desprendería el largo fragmento dedicado a desmenuzar la genuina OPA hostil, la definitiva; esa que lanzó hace un cuarto de siglo el establishment nacionalista contra la sociedad civil catalana. Porque, a pesar de la montaña de chaquetas repletas de naftalina que contemplaba a Rajoy desde la platea, aquel extraño –por limpio– olor que logró extenderse en la sala tenía algo de familiar. Recordaba el de los Memorials de Grueges (los memoriales de agravios) que firmara el poeta Maragall contra el viejo Poder artrítico, corrupto e inane de hace cien años, cuando La Muerta era Madrid. Por fin, alguien nos ha devuelto los papeles.
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