La miseria de Barcelona

José García Domínguez

Cuando niño, solía pasar muchas tardes de verano patinando en la gran explanada circular que por entonces ocupaba casi la práctica totalidad de la Plaza de Tetuán. Un espacio nítido, aquel de mis juegos, del que ya ningún otro barcelonés volvería a disfrutar a partir de 1985, cuando Narcís Serra, el primer alcalde socialista de la ciudad, ordenó reconstruir justo allí el enorme monumento en homenaje al famoso doctor Robert, genuino padre material y espiritual del racismo catalán más tronado. Robert, un catalanista de piedra picada que nunca hablaba o escribía en catalán fuera del estricto ámbito privado, sostenía, como es fama, que castellanos –o sea, españoles– y catalanes poseen cráneos de distintas formas y tamaños. Y que el cráneo fetén, huelga decirlo, resulta ser el de los segundos, aunque solo el de los pura raza que no incurrieron en nefastas mezclas a lo largo de la historia.

Con esos avales intelectuales, lo normal era que un alcalde del PSC le pusiera un monumento, el mismo monumento que tras la guerra había sido desmontado piedra a piedra para luego ser guardado en un umbrío almacén municipal. En la Plaza de Tetuán acaban de morir cuatro personas, dos de ellas niños, a raíz de un incendio causado por una hoguera con la que los ocupantes de un bajo comercial en desuso trataban de calentarse durante la noche. Mentiría si ahora dijese que me ha sorprendido el suceso. Lo que en verdad me extraña es que no hubiera ocurrido antes. Por lo demás, la Plaza de Tetuán está rodeada de edificios habitados por un vecindario de clase media y media alta. Y no dista mucho más de diez minutos andando de la Plaza de Cataluña.

Aunque tampoco dista más de un cuarto de hora, también andando, de todo un poblado de chabolas infestado de ratas y montañas de escombros y chatarra, el construido en los últimos tiempos en un solar vacío por varios clanes de familias indigentes procedentes del Este que viven de la mendicidad. Supongo que debería echarle la culpa a Colau. Pero no toda la culpa es de Colau. Sin ir más lejos, la aplicación efectiva de la Ley de Extranjería no es competencia suya. Y en ese local incendiado, además de una familia rumana, llevaban muchos meses instalados, quizá más de un año, varios súbditos de Pakistán carentes de documentación alguna para poder permanecer en la Unión Europea. En tiempos fuimos la Ciudad de los Prodigios, hoy somos la de la Miseria.

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