La mierda

José García Domínguez

Como si del portavoz de un gangster de Chicago se tratase, el director de un diario de circulación nacional advierte a sus lectores de que un exvicepresidente del Gobierno de España guarda "patatas calientes" en algún brasero oculto. Al modo de un padrino de la Mafia calabresa, un anciano expresidente de la Generalitat de Cataluña amenaza en pleno hemiciclo a los suyos advirtiéndoles de que, si se mueve el árbol, podrían caer todas las ramas, y no solo una. Luego, el silencio. No se trata de fragmentos aislados de un guión de Coppola. Ocurre, día sí y día también, en España. Aunque solo de un tiempo a esta parte. Y es que la corrupción más o menos consentida, lejos de encarnar una lacra de nuestra vida pública, ha representado desde la Transición la vergonzante garantía de su estabilidad, el sórdido lubricante llamado a garantizar el funcionamiento cotidiano de las instituciones.

A fin de cuentas, patrimonializar las Administraciones sometidas al fuero de los partidos, el genuino programa privatizador que aquí todos suscribían (y suscriben), desde Izquierda Unida y el PSOE a los altivos tecnócratas engominados del PP, conllevaba de modo inevitable la generalización del nepotismo. Al cabo, sin el bálsamo de la corrupción habría sido imposible el asalto de los partidos al aparato del Estado previa demolición sistemática de los cauces objetivos de acceso a lo que alguna vez se había llamado la función pública. Así las cosas, y tal como ha señalado el académico Josep Maria Colomer, la verdadera cuestión no es que ahora haya más casos de corrupción que antes, sino por qué salen más a la luz.

Repárese en el ejemplo paradigmático de Cataluña, una cleptocracia africana desde hace más de un cuarto de siglo que únicamente desde fechas muy recientes ha emergido de las sombras. Por lo demás, no es que exista espíritu regenerador alguno en la vida política nacional. Si los partidos han dado en lanzarse mierda unos a otros, aireando en la prensa vicios secretos antes amparados por una tácita omertà, es porque, tal como sostiene el mentado Colomer, ya no tienen nada más que ofrecer. Desposeído el Estado hasta de la más mínima soberanía económica, atado de pies y manos ante los efectos de la crisis, por entero impotente, apenas les queda eso, la mierda, para competir entre sí por el favor de los votantes. Que siga, pues, el espectáculo.

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