14-M

La ley de la calle

José García Domínguez
Avanzada la campaña electoral, uno de los grandes referentes intelectuales en la Cataluña nacional-populista de hoy, el pensador búlgaro Hristo Stoitxkov, escribía en su leidísima columna: “Los árbitros siempre ayudan al Madrid, pero a partir del 14-M, si pierde el PP, seguramente cambiarán las cosas”. Parece que los líderes de los maestros de escuela estaban de acuerdo con esa reflexión, entre otras. Consecuentes, animaron a los niños para que desertasen de las aulas y se manifestaran espontáneamente bajo el muy académico lema: “Contra el PP”. Aquel día institucional de novillos, la sede del Partido Popular en Tarragona fue asaltada por unos espontáneos. Después se incendió, también de forma espontánea.
 
En Gerona, el local de los conservadores es clandestino; no tiene ningún cartel exterior que lo identifique ni aparece la dirección en la guía. A pesar de esas precauciones, espontáneamente, una muchedumbre lo cercó durante horas en la jornada de reflexión. Los aterrados dirigentes que permanecían en el interior ya habían sufrido un intento de linchamiento la noche anterior. Fue cuando participaban en la manifestación de Barcelona. Allí, hubieron de refugiarse en un parking junto a Rato y Piqué para evitar ser apaleados por el centenar de irritables pacifistas que pasó a su lado por casualidad. Eso fue el viernes, a la hora en que aún nadie sabía que los muslimes más despistados de todo el Islam se habían olvidado la mochila, los donuts, el móvil y el top manta del Corán en el centro de Madrid.
 
Debió ser algo contagioso, porque TV3 también se tornó olvidadiza. A sólo doce horas de que se abriesen las urnas, presentó en directo a Bargalló, sin recordarnos si su invitado se encontraba en la sede de su partido o en el despacho oficial. Por lo visto, el conseller en cap tenía que dirigirse urgentemente a los catalanes para denunciar algo muy grave. “Que los medios de comunicación publiquen lo que ahora mismo sabemos todos”, exigió con gesto teatral. Él no sabía nada, y la Ser ya llevaba horas engañando a toda España. Pero a la segunda autoridad de Cataluña aquello le parecía insuficiente, quería más. Y lo tuvo.
 
El seny y la rauxa, la espontaneidad y la discreción; siempre los dos polos. Cuan más comunicativos se vuelven unos, más se extrema la prudencia de los otros. Así, en Barcelona ya empieza a ser difícil ver gente por la calle exhibiendo un periódico nacional bajo el brazo que no sea El País. No estoy describiendo lo que pasa en un villorrio remoto perdido en algún valle de la provincia de Guipúzcoa. Ocurre en Barcelona.
 
No concluya el lector por lo leído hasta ahora que en el reino del tripartito se ha universalizado la timidez. Sin ir más lejos, en el canal de televisión de La Vanguardia prima la risa y el desenfado. En su programa estrella, bajo la atenta mirada del director, Jordi González, los presentadores suelen educar a la audiencia por la vía de hurgar obsesivamente la bragueta a los jovencitos que acuden cada noche al plató en calidad de espectadores. La víspera electoral, sin embargo, cambiaron de guión. González cedía gustoso su espacio para que Marina Rossell, la del homenaje a Sadam Huseim en Bagdad, arengara a los telespectadores y los animase a acudir al cerco de la sede regional del PP catalán, que está ubicada a escasos metros de la emisora. Luego tomó la palabra González. “En cuanto acabe el programa, habrá treinta más”, prometió Jordi, en referencia a él mismo y a sus muchachos. Fuera, en la calle, sólo porque el local estaba vacío no hubo heridos o algo peor.
 
A pesar de todo, al día siguiente 620.348 catalanes, después de mirar a derecha e izquierda para cerciorarse de que nadie pudiera ver qué papeleta introducían en el sobre, se atrevieron a votar al Partido Popular. Está por ver con qué precauciones deberán hacerlo la próxima vez. Si es que hay próxima vez, claro.
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