Terrorismo

La lección de Irlanda del Norte

José García Domínguez

Sólo hay una lección que aprender del bien llamado – ése sí– proceso de paz de Irlanda del Norte: el que resiste gana. Sólo ésa. Todo lo demás es música celestial. Inglaterra ha sabido resistir; por tanto, ha ganado. Fin de la historia. Ponerse ahora a darle vueltas a la noria de las comparaciones sería ocioso, la más inútil de las pérdidas de tiempo. Pues nada cabe comparar. Los terroristas del IRA, simplemente, se han rendido. Y Tony Blair, el "gilipollas" de Tony –Bono dixit–, simplemente, no les ha concedido nada a cambio. Nada. Porque nada supone esa autonomía de la Señorita Pepys que va a regir en los seis condados, apenas un órgano administrativo local con competencias que no superarán las de Murcia o La Rioja en España. Como nada representa la excarcelación de los presos, ya que el Gobierno de Su Graciosa Majestad se ha reservado el derecho de volver a encerrarlos a todos en la trena si el IRA incumpliese las cláusulas de la capitulación.

El que resiste gana, eso es lo único a retener. Punto. Y es que un Estado que se respeta a sí mismo, cuando lo que tiene delante es una banda de pistoleros, siempre gana. Siempre. Puede que tarde veinte, treinta o cuarenta años, como en el caso del Ulster, pero, al final, gana. Y cuando gana, no cede nada. Ni tampoco antes. Porque si para ganar necesita disolver un gobierno regional una vez, lo disuelve una vez. Y si necesita disolverlo dos veces, dos veces lo disuelve. Y si tres, tres. Y si hace falta que sean cuatro las disoluciones, son cuatro; tal como ha ocurrido en Belfast. Y si un terrorista se declara en huelga de hambre, respeta su libre decisión de morir. Y si se declaran dos, dos serán los mártires de la causa. Y si tres, tres; igual que allí se hizo. Así, hasta que todos los demás terroristas comprendan lo único que han de comprender: que el que resiste gana.

Tres mil quinientos muertos puso Gerry Adams encima de la mesa antes de plegarse a firmar el Acuerdo del Viernes Santo. Tres mil quinientos. Pero quien tenía enfrente no era un feminista radical de los que invitan a la deserción en todas las batallas, sino un hombre de Estado. Un hombre que se respeta a sí mismo y que representa a un Estado que también se respeta a sí mismo. Un hombre que sabe lo único que hace falta saber: que el que resiste gana. Y ante eso, ninguna pandilla de criminales tiene nada, absolutamente nada que hacer, salvo rendirse. Ésa es la lección, la única, la que habríamos de aprender. Mas dispongámonos a escuchar la dulce música celestial que ya resuena desde todos los altavoces.

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