Zapatero

La kale borroka de los sentimientos

José García Domínguez
Primero está la troupe de los traficantes de sentimientos al por mayor, los profesionales del nunca máis global. Es el honorable gremio de los avispados comerciantes que un día descubrieran que la opinión literaria de un gran economista no importa a nadie y que, sin embargo, las sentencias económicas de cualquier Saramago, Gala o Sabina valen su peso en oro en el Telediario de las nueve. Detrás de ellos, en la cocina, aparecen los chefs mediáticos que han de condimentar cada mañana la sopa boba intelectual para toda la tropa, el plato único con que alimentar cotidianamente a los catequistas del “no es eso, no es eso”.
 
Ahí, entre los fogones, habitan los ramonets, los estefanías y los francos que madrugan para adoctrinarnos en materia de océanos de injusticia, conjuras imperialistas del G-8, expolios planificados contra el Tercer Mundo, y todos los detalles del pérfido complot capitalista y etnocéntrico contra “las otras culturas”. Su retaguardia la forman nuestros rebeldes sin causa –pero con barriga– de toda la vida; esa izquierda española dispuesta desde que cayó el Muro a cuadrarse ante la bandera de cualquiera que odie los valores ilustrados y liberales de Occidente. Fuera, en el jardín, corretean los más jóvenes, los chicos del pasamontañas y el cóctel Molotov. Y más allá aún, en la penumbra, contemplándolos a todos con sonrisa paternal, se deja entrever el almuecín de las bellas palabras.
 
Y es inútil hacer acopio de argumentos racionales frente a ellos, porque mercadean con la irracionalidad en estado puro. Así, los artificieros de esa kale borroka sentimental que capitanea Rodríguez saben perfectamente cuál es el único secreto del éxito: la habilidad para sustituir el razonamiento objetivo por las emociones. De ahí que la guerra argumental de Zetapé no se desarrolle jamás en el campo de las cifras, los modelos económicos y el contraste estadístico, sino en el de las bellas palabras y la mala conciencia. Ocurre igual desde que Rousseau, el genio que descubrió la gran veta y empezó a explotarla, enseñó el arcano a todos los barrosos y los rubalcabas del mundo que han de ganarse el pan llenando de humo trajes vacíos. Porque suyo fue el hallazgo de que las bellas palabras, para funcionar, han de hurgan obsesivamente en la caja de Pandora de los sentimientos de culpa.
 
De ese modo, cuando el aplicado alumno Rodríguez perora sobre economía internacional, parece utilizar un lenguaje laico; diríase que, en su ignorancia, anida en la cabeza la intuición pueril de que se trata de un juego de suma cero, una institución en la que si uno gana, necesariamente, otro tiene que perder. Pero sólo es la apariencia; detrás de ese velo seglar, el almuecín de las bellas palabras jamás renuncia a apelar al chantaje emocional del Pecado, la carta marcada de su triunfo. De ahí los océanos de injusticia en los que quiere purificar las bombas Al Qaeda. Lástima que flojee al elegir título para sus artículos en el FT. Y pensar que todavía se puede ver en una calle de Vigo aquella pintada, “Osama, mátanos”.
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