Gürtel

La insoportable levedad de Camps

José García Domínguez

Cuando se salvó por la campana en el chusco sainete de los trajes con dobladillo, trastienda y ajustador, ya dijimos aquí que, más que la inocencia procesal, era la insoportable levedad política del presidente valenciano lo que habían establecido de modo inapelable los magistrados del TSJV. Un veredicto que, en el mejor de los casos, le abocaría a permanecer de por vida en ese pantanoso circuito de la segunda B donde transcurre, irrelevante, la política local.

Y es que, hasta hace un mes y pico, nadie tenía a Francisco Camps por un nuevo Castelar ni por la reencarnación levantina de Adenauer, pero, al menos, sus erupciones retóricas aún no llamaban a la vergüenza ajena. Y eso, a pesar de la inquietante profusión de verbosidades del tipo "tengo unas ganas locas, locas, locas de explicarme". Aunque ya entonces se intuía que, disponiendo de tantos y tan locuaces amiguitos del alma, los discursos de ese hombre debía redactarlos su peor enemigo en persona.

Recuérdese el halo de solemne ridiculez que marcó aquella comparecencia ante el Consell en pleno, cuando Camps dio en equiparar un asunto de pinzas, entalles y alguna que otra sisa nada menos que con las persecuciones del Tercer Reich. Bochorno ético y estético que alcanzaría su involuntario clímax cómico al ocurrírsele parafrasear a Martin Niemöller: "Primero fueron a por los comunistas, pero yo no era comunista...".

Quizá en aquel justo momento devino evidente que, al igual que las chaquetas de Milano siempre le quedan un pelín anchas, también el cargo de presidente de la Generalidad le cae algo grande. Triste certeza que vendría a corroborar ese carrusel de disparates que ha puesto a rodar tras conocerse el informe de la Brigada de Blanqueo. Una incontinente desmesura histriónica que en los últimos días le ha llevado propalar arrebatos tales como que no gobierna "para un partido ni para los ciudadanos de hoy, sino para los valencianos del futuro", entre otros delirios de similar diagnóstico.

Pruebas indiciarias, por si hicieran falta más, de que Francisco Camp no pasará a la historia por haber sido el político más corrupto de España, pero tampoco por haberse revelado el más despejado de sesera. En fin, de momento se cree Churchill. El problema vendrá muy pronto, cuando le dé por Napoleón.   

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