Alakrana

La ikurriña que no falte

José García Domínguez

Lo en verdad imperdonable del Gobierno es que no siempre lo haga todo mal. Así, cuando menos se lo espera, algún inopinado rapto de sentido del Estado por su parte obliga al columnista a elegir: o resultar honesto consigo mismo o ganar popularidad ante los lectores. He ahí, sin ir más lejos, la tragicomedia de los piratas y de los vascos. Contra viento y marea, es decir, frente a la opinión pública y a despecho de la Prensa, Zapatero, algo insólito en él, ha cumplido con su obligación: respetar el principio de legalidad. Pues, guste o no, la cubierta de cualquier buque español constituye una extensión de la soberanía tan sujeta a que en ella se apliquen las leyes del Reino como la Plaza de Cibeles o la Cuesta de Moyano. Y todo afán de bizantinismo leguleyo a ese propósito supone música celestial, buenista algunas veces, demagógica las más, claudicante todas.

Ergo, el bucanero Willy está donde tiene que estar: preso en una celda del país en cuyo territorio delinquió. La Abogacía del Estado está donde tiene que estar: rehusando apelar a ese chiste llamado Kenia a fin de no emponzoñarse de indignidad. La Fiscalía está donde tiene que estar: reclamando más de doscientos años de pena, condena que cerraría el paso a toda tentación de chalaneo, amaño, rile o acongoje gubernativo vía expulsión. Y la Audiencia está donde tiene que estar: juzgando con arreglo a derecho a dos encausados que habían sido absueltos por el pánico colectivo. Incluso la Oposición está en su sitio: en el Limbo.

De idéntico modo, en fin, si ese atunero de conveniencia, el Alakrana, también hubiese sabido estar en su lugar, dentro del amplísimo perímetro protegido, nada hubiera ocurrido. Igual que nada nos hubiese costado a los españoles la temeraria necedad de su armador. Y es que no fue precisamente la Guardia Urbana de Bermeo, sino la OTAN, quien le ordenó prudencia. Pero como si oyera llover: al Alakrana, ya bajo pabellón inconfesable, le faltó tiempo para adentrarse en aguas también corsarias. De ahí que ahora sea obligación del Estado pagar el rescate de esos marineros, pero no la ciega irresponsabilidad de su empresario. Al menos, subástese el barco para resarcirnos algo del quebranto. Ah, y sobre todo, no olviden devolver la ikurriña a su legítimo propietario.
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