La hora de los nacional-populistas

José García Domínguez

Acostumbrados a la alegre frivolidad hispana, lugar donde la palabra dada carece de valor alguno y nadie recuerda al día siguiente los compromisos contraídos con el más hondo y sentido de los propósitos durante la noche anterior, nos extrañamos de que los británicos se tomen en serio a sí mismos. Tan unánime, esa asombrada perplejidad de la prensa española ante el renovado afán de Theresa May por llevar a la práctica el mandato popular expresado en el referéndum del Brexit lo dice todo, aunque no sobre ellos sino sobre nosotros mismos. A fin de cuentas, nos guste aquí o no, el núcleo de aquel mandato instaba a recuperar el control efectivo de los flujos migratorios transfronterizos por parte del Estado del Reino Unido. Y justamente eso es lo que ahora se propone hacer la primera ministra. Olvidamos demasiado pronto que el "OTAN, de entrada no" fue argucia fulera propia de pícaros sevillanos que en Londres nunca habría colado.

Cuando acabamos de entrar en el noveno año de la Segunda Gran Depresión, los paralelismos con la de 1929 comienzan a revelarse tan obvios como inquietantes. Aunque hay un par de ellos que resaltan por encima de los demás: por un lado, el retorno a escena, ya sin ambages ni disimulos cosméticos, del proteccionismo, la vieja estrategia del enroque nacionalista y el sálvese quien pueda; por otro, la renovada constatación, casi un siglo después, de que solo la extrema derecha, en sus muy variadas mutaciones locales, parece poseer una estrategia económica alternativa a la del establishment. Algo que, exactamente igual ahora que en la década de los treinta, redunda en la práctica desaparición de la socialdemocracia, como entonces también huérfana de un discurso propio, del tablero político en la mayoría de los países. En ese sentido, el caso británico resulta paradigmático. Tras el triunfo arrollador en 1997 de Tony Blair y su Tercera Vía, una asunción tácita por parte de los laboristas de los grandes ejes programáticos y filosóficos del thatcherismo, la izquierda perdió tres millones de votos en las siguientes elecciones, y otro millón de sufragios más en 2005.

Como en los tiempos del exlaborista Mosley y su Unión Británica de Fascistas, la clase obrera inglesa comenzaba a sentirse otra vez políticamente huérfana. Y ahí estaban Nigel Farage y su UKIP para apadrinarla. De idéntico modo que el Frente Nacional en Francia o Trump en Estados Unidos, el UKIP arraigó de modo súbito entre las capas populares, sobre todo entre sus estratos de mayor edad y menos formados, el sector social que se ve más expuesto a la competencia de los inmigrantes y a las contingencias erráticas de la globalización. He ahí la base tradicional de la izquierda que ahora, y en ambas orillas del Atlántico, se siente despreciada e ignorada por las elites, incluidas las de sus tradicionales partidos de referencia. Efecto inmediato, pese a que la distorsión que introduce el sistema electoral británico impide verlo en el Parlamento, el UKIP ya supera el 20% de los sufragios en todos los distritos del norte de Inglaterra, desde siempre el feudo histórico de los laboristas. Por eso el Partido Conservador resulta ahora mismo tan y tan irreconocible: le han visto las orejas al lobo.

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