Agresiones al PP en Cataluña

La hora de los escamots

José García Domínguez
Al tiempo que comienzo a redactar estas líneas, los escamots están diseñando nuevas e inminentes razzias contra los catalanes no nacionalistas con el aliento entusiasta del Gobierno de la Generalidad y la connivencia rastrera del de la Nación. Por lo demás, las muy obedientes Juventudes de la Raza preparan sus próximos atentados contando, como hasta hoy, con el guiño paternal de los dos grandes opiáceos audiovisuales de titularidad pública –TV3 y Catalunya Radio– y el silencio complaciente de los voceros privados del régimen, La Vanguardia y El Periódico. Pues, en este triste erial desde el que ahora escribo, Barcelona, acaban de ser suprimidas de facto las garantías constitucionales para los apóstatas de la religión identitaria.
 
También a estas horas, los llamamientos apenas encubiertos a la santa violencia purificadora son incesantes. Así, el conseller neocomunista Joan Saura celebra, eufórico, el penúltimo ataque de la Sección de Asalto contra Mariano Rajoy, en Granollers. Por su parte, el temido cutre-caudillo del PSC en las barriadas que rodean Barcelona, José Zaragoza, bromea entre risotadas sobre el acoso violento al líder de la oposición y el cerco a Ángel Acebes en Mataró. A su vez, aludiendo a las bandas que acaban de asaltar y destrozar la sede de la Asociación de Estudiantes Liberales, las mismas que asedian a diario a los oradores del PP y que agredieron a Arcadi Espada y otros militantes de Ciutadans en Gerona, el beato Duran Lleida reclama “el derecho de los catalanes a expresar su rechazo” frente a esos heresiarcas del Estatut.
 
De ahí que el alegre fascio de la estelada, ese nuevo somatén incubado durante los últimos veintitrés años en las madrasas del pujolismo, se sepa apelado a limpiar las calles de disidentes en las horas que faltan para que se abran las urnas. Y lo harán, que nadie lo dude. Ahora mismo, mientras me confirman por fax que la Generalidad ha acordado desobedecer la orden de la Justicia española que la obliga a retirar la publicidad institucional, todos en Cataluña lo sabemos: los chicos de la gasolina se emplearán a fondo en lo que resta hasta el domingo. Nadie aquí lo ignora: esos camisas pardas sabrán terminar sin contemplaciones el trabajito al servicio de la construcción nacional que las delicadas manos que les echan de comer a diario tanto ansían de ellos.
 
Por todo eso, tampoco hace falta ser ningún augur para intuir que el Estatuto de Zapatero habrá de estrenarse en la sala de urgencias de cualquier hospital del Servicio Catalán de Salud. En esas condiciones, declarado el Estado de Sitio, Excepción, Acoso y Derribo contra los dos partidos que han osado intentar hablar contra la dictadura blanca que impera en Cataluña, no tiene sentido que, con su presencia, sigan legitimando el incendio del Reichstag. Porque tanto el Partido Popular como Ciutadans deben suspender su participación en esta farsa de campaña a la venezolana cuanto antes. Y que se maten entre ellos.
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