La guerra de los lazos

José García Domínguez

La guerra de los lazos ya cotidiana que se viene desarrollando en las calles y plazas de Cataluña de un tiempo a esta parte, el constante ir y venir de trozos de plástico amarillo depositados y retirados de la vía pública por simpatizantes y contrarios a los reos de sedición, más allá de la dimensión algo pueril de ese agit prop separatista ilustra la disputa, nada simbólica y muy real, entre el Estado y la Generalitat por el monopolio efectivo de la violencia legítima. Torra quiere alumbrar una nación y con ese fin ha comenzado a actuar como un Estado. Para nada trivial, la cuestión de que su policía se haya atribuido la misión política de garantizar la señalización del espacio público en tanto que ámbito propiedad exclusiva de los proclives a los insurrectos, más que un desafío al Estado, supone la afirmación de la Generalitat como nuevo Estado. Detrás de la querella en torno a esos jirones de bolsas de basura yace la irrupción tácita de un Leviatán catalanista. No estamos peleando por cuatro bolsas de basura, estamos disputándonos quién es el titular de la soberanía en la plaza. Por eso es tan importante ese asunto en apariencia menor.

Asistimos, por lo demás, a la paradoja de que una derrota material, la de los promotores de la ruptura durante el pasado octubre, adopte sin embargo en las calles de Cataluña la apariencia de una victoria política. Algo, ese contraste tan acusado entre los hechos y las percepciones, que solo es posible gracias al grado de movilización permanente de su base social, esos dos millones de devotos creyentes procesistas, que han logrado consumar los dirigentes. Movilización permanente que en última instancia se explica por el peculiar perfil psicológico del grueso del electorado separatista. Y es que el separatista tipo en la Cataluña de hoy responde al retrato robot del socio de grada del Barça: un autóctono de la sufrida clase media que todos los domingos por la mañana compra la bandeja de pasteles para el postre familiar en la confitería del barrio. Apolítico en el fondo y gregario en la forma, medroso de cuanto suponga salirse de las normas grupales no escritas y siempre pendiente de por dónde va la mayoría para no perder el paso. Gente más que de orden, del orden, del que sea. Lo que hace medio siglo hubiera sido el franquismo sociológico puro y duro, para entendernos.

Una tropa, esos dos millones de soldados de reemplazo del ejército lazi, que solo se desmoronará internamente cuando descubra que esto va en serio. Mentalmente aún están blindados, pero se vendrán abajo en cuanto interioricen que las largas condenas de cárcel que les van a caer a sus jefes implicarán eso mismo: largas condenas de cárcel. Dirigentes y dirigidos se liaron la manta a la cabeza el 1 de octubre porque, en su fuero interno, tanto los unos como los otros andaban persuadidos de que nada les iba a ocurrir. manta que sigue enrollada a sus muy limitadas testas porque todavía hoy siguen pensando que, al final, el asunto se arreglará en un despacho de Madrid. Como siempre. Continúan creyendo en el gratis total, su eterna divisa. De ahí que se antoje imprescindible a fin de hacer viable el retorno de una mínima convivencia civilizada en Cataluña que Junqueras, Forn, los Jordis, Trapero y el resto de los revoltosos cumplan íntegras sus condenas entre rejas. Solo cuando constaten que los cabecillas de la asonada van a perder los mejores años de sus vidas en una celda angosta y mal ventilada, los de abajo, la carne de cañón de los lacitos, atenderá a razones. Es la única vía. La única.

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