1934

La gran bacanal de los escamots

José García Domínguez

Sin duda, el mayor estafador intelectual de la historia de la Humanidad fue Heráclito. Que del Big Bang a esta parte nadamos todos en idéntica charca, es evidencia que sólo a un cráneo como el del asaltapiscinas Puig debería escapar. Sin embargo, como una frasecita comercial vale más que mil telediarios, sigue encumbrado el farsante de Éfeso gracias al eslogan de que nunca podremos agarrar dos veces un corte de digestión en el mismo río. No, hombre, no; dos no, doscientos. Pues quien lleva la razón en ese asunto es un tipo ninguneado por los creadores de opinión histórica, Parménides. El genio que se olió la gran verdad: ni nada fluye jamás, ni nadie cambia nunca; sino que, por el contrario, lo que hubo es lo que hay. Y punto. Razón de que mejor hiciera Zapatero dejándose de esa gansada del “patriotismo social” y dando en aprender un poco de Marcial, un romano que también estaba en el secreto. Por algo inmortalizó en su tablilla que “la máxima virtud de un príncipe es conocer a los suyos”.

Por ejemplo, si quiere averiguar ZP cuán terrible sería ese drama con que nos amenazan Maragall y sus ultras de no ser obedecidos sin rechistar, ahí tiene, en las librerías, la crónica de la charlotada anunciada. Y es que acaba de reeditarse “Diez horas de Estat Català”, un extraordinario reportaje de Enrique de Angulo, el que fuera corresponsal en Barcelona de El Debate, sobre la Ilíada de los nacionalistas, en el 34, al sublevarse contra la República española. Cuenta Angulo que bien empezó aquel carnaval ya que sólo proclamar la secesión Companys, los kapos de ERC montarían la grande bouffe en la consejería de Gobernación, esa que ahora pastorea la angelical Montserrat Tura. Relata nuestro testigo que “hubo champaña, café, buenos cigarros, licores de todas clases y gran derroche de optimismo”. Tanto que “las botellas de coñac, anís, chartreuse, pipermint, etc., no aparecían descorchadas, sino rotas por el cuello al estilo de lo que se hace en las películas de apaches”. Pero, como siempre, pronto se descubriría que confiaban más los sedientos patriotas en la traición ajena que en el valor propio.
 
Así, todo sería sonar el primer cañonazo tricolor y quedar el Éxodo bíblico en excursión campestre de parvulitos, que tal fue la épica maratón que entonces improvisaron aquellos gallardos escamots. Aún no se había apagado el eco de la segunda descarga, y ya había ingeniado un concejal de la Esquerra cómo poner pies en polvorosa del cercado Palau de la Generalitat. Simulose moribundo el prócer. Hízose portar sobre una camilla de la Cruz Roja. Acarreáronlo de tal guisa otros dos gañanes del partido, ataviados con mandiles de enfermeros para la hazaña. Y aún hoy deben seguir corriendo los tres, pues nunca más se supo de ellos. En fin, todavía no había ordenado Batet la décima advertencia, y ya Dencàs, que era el Carod Rovira de entonces, saltaba despavorido a los micrófonos de Radio Barcelona para gritar con todas sus fuerzas “¡Viva España!”, antes de esfumarse por las alcantarillas hacia el aeródromo. Heráclito de Éfeso, qué gran timador.
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