La Garzón de la Pampa

José García Domínguez

Dios los cría y ellos se juntan. A nuestro héroe del tebeo, Baltasar Garzón, le acaba de salir una doble en Buenos Aires. Trátase de cierta magistrada porteña que, a instancias de ERC, ha decidido abrir un proceso judicial contra el Estado español por el fusilamiento de Lluís Companys en 1940. Ocurre, sin embargo, que el Estado español es un concepto jurídico, y los conceptos jurídicos no pueden fusilar a nadie. Porque a Lluís Companys no lo mató una abstracción legal, sino el general Franco con la inestimable ayuda de los patricios catalanistas que financiaron con desprendida generosidad su sublevación contra la República. Ya puestos a buscar reos de culpa, el Garzón de la Pampa podría procesar al esqueleto de Francesc Cambó, por ejemplo. O al de su fiel escudero Joan Ventosa, el filántropo encargado de que nunca faltase un buen fajo de billetes catalanes en el Cuartel General de Burgos.

Las balas, es sabido, las puso Franco, pero quienes las pagaron a escote fueron los fabricantes de Sabadell y Tarrasa, aterrados ante las requisas de unos obreros que no eran menos catalanes que ellos, por cierto. Hay una escena histórica que excita hoy la imaginación de Tardà y los energúmenos de la Esquerra. Me refiero al célebre Sínodo del Terror, el proceso a que fuera sometido el cadáver del papa Formoso allá por el año 896. Sentados sus despojos en la silla de Pedro, fueron juzgados y hallados culpables de graves faltas a instancias de su sucesor, Esteban VI. Una vez dictada sentencia, se le arrancarían tres dedos de la mano con que impartía las bendiciones. Por último, arrojaron lo que aún quedaba de él al Tíber. Aunque, si esa ilusión necrófila es la que anima a ERC, van a tener mucho trabajo exhumando a la Comisión Ejecutiva en pleno de la Lliga entre 1936 y 1939.

Huelga decir, por lo demás, que los argumentos jurídicos de Garzón bis igual servirían para procesar a Jaime I el Conquistador por el exterminio de los moros de Mallorca en el siglo XIII. O para abrir diligencias contra la calavera de Leopoldo II de Bélgica, ante la irregular colonización del Congo en el XIX. Pero bien saben los garzones todos que no hay negocio más rentable en este mundo que el de la victimización. De ahí la moda de exigir responsabilidades a los coetáneos por acontecimientos sucedidos en otras épocas. Una necedad peregrina, quienes nada tuvieron que ver con hechos remotos pretendiendo juzgar a sus ancestros con efectos retroactivos. Para bien o para mal, de lo que otros hicieron solo esos otros fueron responsables. Y nadie más. Postular cosa distinta resulta, simplemente, una solemne estupidez.

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