La escisión del PSC

José García Domínguez

A los que fuimos educados en el marxismo y sus grandes confrontaciones de fuerzas impersonales nos cuesta entender la importancia de la nariz de Cleopatra en el guión de la Historia. Pero, lo entendamos nosotros o no, la nariz de Cleopatra resultó crucial para la suerte de Roma y su imperio. Mientras escribo estas líneas se está consumando en un restaurante del puerto de Barcelona, por más señas el célebre 7 Portes, la escisión definitiva del sector nacionalista del PSC. Uno de los conjurados, Àngel Ros, alcalde de Lérida, acaba de renunciar a su escaño para no verse expulsado del partido por romper la disciplina de voto en el asunto del referéndum. Una rara avis dentro del PSC ese Ros. Alto directivo empresarial, católico de comunión diaria, hombre de edad y de posibles, Ros no necesita el sueldo de diputado para vivir.

Óptima circunstancia personal que, sin embargo, no se repite en ninguno de los demás actores del drama. Así, igual críticos que oficialistas, resultan ser profesionales de la política sin otro oficio ni beneficio. Puestos en la disyuntiva de elegir, pues, entre sus principios y sus piscinas, ninguno de ellos puede permitirse el lujo de dudar. Para muchos diputados del PSC será duro burlar en el hemiciclo su más solemne compromiso programático, el de apoyar una consulta legal. Pero más duro sería dejar de pagar el próximo recibo de la hipoteca. Ah, la nariz de Cleopatra. A Navarro, entonces, no le quedará más remedio que votar en contra de su propia promesa si quiere conservar el cargo y el escaño. Y a los díscolos tampoco les quedará más remedio que retener el acta de diputado si quieren seguir empleados en la política.

Los disidentes, en consecuencia, están llamados a formar un grupo parlamentario propio. El banderín de enganche que junto al chiringuito partidario que acaba de fundar Ernest Maragall, la Nova Esquerra Catalana, servirá para que los amotinados realicen el tránsito hacia ERC, su destino natural. Contemplada con cierta perspectiva temporal, la lenta agonía del PSC ilustra el definitivo fracaso del catalanismo político en su afán por integran a la población de origen inmigrante en el proyecto de ruptura con España. Cuando los milicos dieron el golpe de Estado en Uruguay, algún humorista anónimo escribió una pintada en el aeropuerto de Montevideo que decía: "El último en marchar que apague la luz". Pronto, muy pronto, habrá otra igual en la calle Nicaragua de Barcelona.

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