La enfermedad mental de Torra & Cía

José García Domínguez

Podría ser el guión de un libro. Coincidiendo con el cambio de siglo, un olvidado juguete roto de la mitología resistencial catalanista durante la dictadura, el cura Xirinacs, inicia una protesta solitaria en la plaza de San Jaime, frente a la puerta del palacio de la Generalitat, para reclamar la independencia de Cataluña. Tratado su gesto por la prensa local con una mezcla de misericordia paternalista y veladas alusiones al eventual trastorno psíquico que podría esconderse tras ese proceder, el asunto terminaría del modo más inopinado: una banda de delincuentes magrebíes le propinó una paliza a altas horas de la madrugada con la intención de robarle la cartera. Diecisiete años después de aquel incidente menor, algunos de los que entonces trataron con irónica condescendencia al pobre cura iluminado están en la cárcel; otros, huidos de España; y cientos de miles de catalanes repiten como dogmas de fe lo que en un tiempo no tan lejano tuvieron por poco más que extravíos delirantes de un desequilibrado. Entender esa súbita mutación colectiva debiera constituir el objeto de ese libro que nadie ha escrito aún. Una narración que, frente a la idea siempre dominante en el resto de España, la que vincula la querella histórica catalana con el afán económico, postularía la angustia demográfica, el sentimiento de que los verdaderos catalanes se podrían acabar extinguiendo o viéndose reducidos a una minoría orillada dentro de la propia Cataluña, como el genuino catalizador emocional y político del actual fervor separatista entre la mitad de la población local, esa que se identifica a sí misma con la auténtica identidad autóctona.

Y es que el supremacismo no sería una desviación más o menos extremista y marginal de la línea dominante dentro de la doctrina canónica, sino rasgo consustancial a todo el movimiento nacionalista catalán desde su origen mismo, en el último tercio del siglo XIX. Ese infantil cuento de hadas madrileño, esa fantasía tan cansina y recurrente entre la izquierda biempensante hispana, tanto la que responde por PSOE como la que se hace llamar Podemos, la quimérica ingenuidad de suponer que una reforma formalmente federal pondría fin a la querella catalanista y obraría de paso el milagro de tornar a los líderes soberanistas leales al orden constitucional de la nación, surge de no haber entendido nunca que la almendra del catalanismo es eso: el sentimiento paranoico de una extinción tribal motivada de los avatares de la demografía y las migraciones peninsulares. Una paranoia, esa tan suya, que ninguna reforma federal ni ninguna restitución falsaria de leyes contrarias a la Carta Magna podrán curar jamás.

Así lo explica con claridad prístina Quim Torra en otro libro que sí se ha escrito y publicado, Els últims 100 metres: "La dicotomía entre residuales o independientes hace referencia a nuestra extinción [se refiere a los catalanes antropológicamente puros, los que apoyaron el procés] como miembros de la familia europea. Esa es la perversa lógica de la cuestión: la residualidad lleva a la extinción". ¿Qué tiene que ver eso con financiaciones autonómicas, blindajes competenciales, rediseños federales o con alambicados malabarismos retóricos sobre la asunción compartida de identidades culturales que se dicen múltiples? ¿Qué tiene que ver la paranoia psiquiátrica de Torra y de los dos millones de habitantes de Cataluña que piensan y sienten exactamente igual que Torra con ese ignaro arbitrismo mesetario de Pedro y Pablo? Nada. Simplemente nada. Pero nada de nada. El libro que nadie ha escrito, y posiblemente nadie escribirá, debería terminar su última página rememorando el suicidio de aquel cura loco. Xirinacs, la metáfora definitiva del suicidio ritual del catalanismo al que asistimos el pasado 27 de octubre. Lástima.

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