Desempleo

La dictadura de la incompetencia

José García Domínguez

Coincido con Xavier Roig, ese directivo que acaba de publicar La dictadura de la incompetencia, demoledor opúsculo sobre la miseria intelectual de nuestra clase dirigente. Al igual que él, creo que el abismo que separa al Norte del Sur lo provocan las actitudes, no la riqueza. ¿Cómo descifrar si no el enigma estadístico de que España acogiese a cinco millones de inmigrantes mientras que el desempleo autóctono jamás logró bajar del ocho por ciento? Paradoja únicamente posible en la patria del Lazarillo de Tormes, el Buscón llamado Don Pablos y un Antonio apellidado Gala, gran sabio que sentenció que en Andalucía sólo trabaja quien no sirve para nada más.

Rasgo al fin de una mediocridad colectiva que se incuba ya en la escuela, la barricada contracultural donde los eternos lactantes aprenderán a diluir cualquier atisbo de responsabilidad individual en un magma exculpatorio de indolente gregarismo. Zapatero, Rajoy, Montilla, el pobre Ibarretxe, todos dicen hoy ser Obama. Zapatero, Rajoy, Montilla, el pobre Ibarretxe, todos mienten. Y es que ninguno de ellos se atrevería a imitar eso que acaba de anunciar Obama, a saber, que acabará con la patente de corso que significa el empleo vitalicio para los profesores vagos, absentistas, incompetentes o las tres cosas a la vez.

Que también romperá el tabú de la igualdad salarial entre los docentes, pues los educadores que demuestren mejores resultados cobrarán más que los otros. Y que, a partir de ya, todas las escuelas permanecerán abiertas durante catorce horas al día sin interrupción. Interroguen ahora a Zapatero, a Rajoy, a Montilla, al pobre Ibarretxe; pregúntenles si aún encarnan el alter ego meridional de Obama, a ver qué responden. Al respecto, recuerda Roig en su libro el argumento de un célebre spot solidario de TV3, metáfora perfecta de nuestro sistema educativo.

Un científico de aspecto definitivamente siniestro ordena realizar cierto ejercicio a dos chimpancés. Uno ejecuta bien la tarea y el otro no. Resultado: el monito diligente y trabajador decide compartir su premio, una rica banana, con el otro mico que no supo o no quiso hacer el trabajo. Mensaje número uno: Primar a los que desarrollan bien su labor supone una perversidad sádica. Mensaje número dos: Da igual que hagas las cosas bien o mal, siempre recibirás tu recompensa. Mensaje número tres: No seas idiota, chaval: no vale la pena que te esfuerces en nada. Pues eso.     

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