La dictadura blanca del mesías Mas

José García Domínguez

La escena transcurre en un plató de la televisión oficial. La presentadora, notoriamente contrariada por las opiniones políticas de un ciudadano particular, interroga sobre el asunto al presidente del Gobierno. El presidente, no menos molesto y con semblante circunspecto, advierte ante las cámaras de que, en lo sucesivo, el ciudadano en cuestión "tendrá que adaptarse al cambio de mentalidad del país". No sucede en la Cuba de los hermanos Castro ni en el Irán de Ahmadineyad, sino en la Barcelona de principios del siglo XXI. Y para que no haya lugar a equívocos o malos entendidos, tanto la presentadora como el presidente señalan al inadaptado social con nombre y apellidos. Se trata de cierto José Manuel Lara Bosch, industrial.

Advertidos quedan, pues, cuantos estuviesen tentados de emular su punible proceder civil. Ocurre en la misma televisión pública que, apenas horas antes, acababa de difundir entre grandes chanzas el asesinato simulado del Jefe del Estado. Ejecución simbólica a la que sucedería el lamento de los profesionales de la cadena por no ver una bala de pistola perforando la rodilla de otro individuo privado, el periodista Salvador Sostres. Huelga decir que ni un triste comunicado de los partidos, ni un mísero artículo en la prensa del régimen, ni un editorial, ni un escrito del Colegio de Periodistas, ni una mueca de los ociosos inquisidores del CAC. Nada nuevo, por lo demás. Ya en su día el vicepresidente de la Generalitat con el tripartito, Josep Bargalló, recordó en rueda de prensa a los promotores de Ciudadanos el destino sufrido por los primeros firmantes del Manifiesto de los 2.300.

Otro aviso a navegantes que tampoco se realizó desde una herriko taberna, sino en la sede institucional del Gobierno de Cataluña. Y si eso se le hace a Lara, el principal empresario de la plaza, imagine el lector cómo imponen la disciplina identitaria los tonton macoutes de la construcción nacional a maestros, profesores de instituto, periodistas, funcionarios, policías, médicos de la Seguridad Social... ¿Quién se aventura a sufrir el estigma y poner en riesgo la promoción profesional por una opinión herética o un proceder díscolo frente al nacionalismo obligatorio? Lo predijo Tarradellas en su día: "Cataluña va hacia una dictadura blanca", auguró antes de morir. Se quedó corto. 

A continuación