Gallardón

La derechona exquisita

José García Domínguez

Quizá el último legado del fascismo que aún pervive en cierta derechona patria sea ese vicio nefando de fundamentar los juicios políticos en categorías estéticas. Qué le vamos a hacer, algunos se quedaron tan alelados cuando Jiménez Caballero les explicó que había que obedecer a un tal Rimbaud y ser absolutamente modernos, que un siglo después aún les dura el pasmo. Sin duda, por eso –y también porque el que tuvo retuvo– Gallardón nos ha regalado a los perplejos lectores de La Vanguardia la siguiente perla cultivada: "Miren, nuestros portavoces son Mariano Rajoy y Josep Piqué, hombre que es la expresión más moderna del centroderecha español".

O sea, que como quien no quiere la cosa, el edil se ha dejado caer por Barcelona para denunciar que don Mariano no es tan modelno como el responsable de la organización regional que obtiene los peores resultados electorales de toda España. Tremenda, descarnada, demoledora revelación la de Alberto. Aunque, al tiempo, inquietante, más que nada por venir de quien viene. Porque, si bien se mira, este Gallardón nos está saliendo clavado al personaje más atormentado de Tom Wolfe; uno que asoma en La izquierda exquisita, aquel tipo dramático –de tan cómico– que siempre abraza la última moda con el paso de la oca cambiado. Sí, el que intuyó que no habría nada más "in" que los pantalones de campana justo en el momento en que se implantaron los tejanos ajustados. Ése, el que se lanzó a recortarse las patillas la misma mañana que a John Lennon le dio por dejarse melena y barba, y así todo, el pobre.

Oiga, igualito. Y es que, aquí, cuando todos sucumbimos al sarampión de no querer quedarnos "out" de las leyes de la Historia, nos dio por hacernos marxistas. A todos, menos a Alberto, que justo entonces empezó a competir con Jorge Verstrynge por ver quien de los dos lucía más marcial y ario en las terrazas de Serrano. Luego, ya desengañados, Alaska nos convencería de que lo suyo era parecer un bote de Colón. Bien, pues, al tiempo, se nos apareció Gallardón gastando aquellas chaquetillas azules cruzadas que Dios confunda; aquellos bleisers aberrantes de los botones dorados con anclas de marinerito que encontró en el baúl de la Piquer. Y, ahora, justo ahora, cuando al personal le ha dado por crecer de golpe, resulta que va Alberto y se nos vuelve modelno.

"Negociar con quien tiene una pistola es ilegal, inmoral e ineficaz", clamaba ayer mismo el antiguo de don Mariano. Qué obsoleto, señor. Mira que no saber explicar, como el fashion de Alberto, que asistimos a "un proceso de reconsideración de la arquitectura territorial de España". ¡La arquitectura territorial, don Mariano! ¡La arquitectura territorial! A ver si nos enteramos, que parece que estamos "out".

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