La debacle socialista en Francia

José García Domínguez

El próximo domingo se celebrará la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia y las encuestas, en medio de un escenario particularmente volátil, solo coinciden en dos pronósticos, a saber: en que Macron será el ganador, primero, y en que la candidata socialista, Hidalgo, ocupará el muy humillante último lugar entre los ocho aspirantes oficiales. Así, el que hasta hace un cuarto de hora había sido uno de los principales partidos socialdemócratas del mundo, el PSF, pasará a instalarse dentro de apenas siete días en la más estricta marginalidad irrelevante. Acaso para siempre. Algo no tan extraño cuando se repara en que Hidalgo ocupa la alcaldía en un municipio, el de París, donde el metro cuadrado se cotiza al módico precio de 13.700 euros.

Lo que quiere significar que el votante promedio de los socialistas posee una vivienda cuyo valor de mercado ronda el millón trescientos mil euros, impuestos al margen. Porque cuando hablamos del socialismo en Francia, estamos hablando de eso, de casas de más de un millón de euros. Sí, los dueños de esas casas votan a Hidalgo. Pero los franceses que no pueden ni imaginar en sueños semejantes lujos, que resultan ser muchos más por razones obvias, resulta que lo hacen a la extrema derecha. Y en masa, además. Es algo ya muy sabido.

Lo que no resulta tan sabido, en cambio, es que la definitiva erupción de los márgenes en la política francesa (la extrema izquierda populista de La Francia Insumisa también experimenta ahora un crecimiento exponencial) obedece a una causa común: la ruptura el contrato social de la posguerra que había garantizado el apoyo de las clases medias a los dos grandes partidos del sistema, socialistas y gaullistas. Y de fondo, siempre la misma cuestión, la de las migraciones incontroladas. Unas migraciones, las masivas procedentes del mundo en desarrollo, que fuerzan el estancamiento salarial crónico de la población autóctona menos cualificada, las obligada a competir por los mismos empleos con los recién llegados. Y mientras tanto, los socialistas discutiendo en sus pisitos chic de París sobre la agenda LGTBI y las horribles emisiones de CO2 de los chalecos amarillos. Y aún se extrañan de la debacle.

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