Cataluña

La cultura de la ballesta

José García Domínguez
Circula por Barcelona la especie de que el tripartito ultima un decreto para sustituir el himno de Els Segadors por una versión rap del clásico de Mecano, Hoy no me puedo levantar. Avui no em puc aixecar. Bon cop de falç! Tota la nit sense dormir. Bon cop de falç!... Sea cierto el rumor o vil infundio acuñado por ese contubernio de los lerrouxistas vendidos al oro de Madrit, lo cierto es que, cuando ellos logran bajar del colchón, aún resulta peor. Y es que, superado tan duro trance, en lugar de regalarse una ducha fría la cuadrilla de Maragall tiene por norma propinárnosla al resto de los catalanes.
 
En esos casos siempre hemos de estar preparados para lo inaudito. Porque, una vez ganada la verticalidad, el president ya no será capaz de permanecer quieto ni un segundo. Resulta algo inevitable, fatal; está en su naturaleza y la ciencia, de momento, en nada puede auxiliarnos; lo suyo, desgraciadamente, no tiene cura. Así, tras simular arrepentimiento por la última gamberrada con la corona de Cristo, llevaba unos días irreconocible. Discreto, cauto, silente, adornado con impecable camisa blanca y extraviados aquellos indescriptibles mocasines marrón clarito de imponente hebilla dorada, diríase que era otro hombre. Mas no, es él. La prueba es que no ha tardado en volver por sus fueros.
 
¿Recuerda el lector a un fulano llamado Andrés Rabadán, rebautizado por la prensa como el asesino de la ballesta? Sí, aquél, el tipo que liquidó a su padre lanzándole flechas, el mismo que se entretenía provocando descarrilamientos en los trenes de cercanías de Barcelona. Bien, pues sepa que esa víctima de la globalización insolidaria auspiciada por el capitalismo neoliberal acaba de ser apadrinada por el president. En efecto, Rabadán, el pionero que introdujo la cultura de la ballesta en los Países Catalanes, ha devenido flamante intelectual orgánico subvencionado por el tripartito.
 
Tan es así que el director de la Institució de les Lletres Catalanes, cierto Jaume Subirana del que ignoramos los antecedentes penales, acaba de otorgar una sinecura de cinco mil euros al arquero, premio –dice– a su labor en defensa de la literatura patria. Al parecer, Andrés o Andreu –lo más probable ya– ha vuelto a dar en la diana gracias a presentarse ante el pesebre maragalliano con una novelita –realismo sucio, obviamente– escrita en catalán. Al tiempo, de nada han servido los cotidianos homenajes colegiados a la figura del caganer –icono secular de la intelectualidad local– a los pobres Goytisolo, Marsé, la maruja, Cercas..., la flor y nata de los escritores catalanes en lengua castellana. Pues nadie, y menos que nadie Maragall, parece dispuesto a deslizarles una triste moneda en su platillo (bien sabe Dios que tampoco ha de caerles ninguna de nuestro bolsillo). Ni un duro, ni un billete en vagón de tercera para ir a la Feria de Francfort. Que aprendan de Andreu, que aún acabará representándonos allí con una versión algo retocada de Guillermo Tell; perdón, quise decir Guillem Tell.
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