Libia

La cruzada de los filántropos

José García Domínguez

El derecho internacional, esa broma cínica, es un inexcusable imperativo moral cuyo enunciado establecen, entre otros benefactores de la humanidad, el politburó del Partido Comunista Chino y, en sus ratos libres, cuando no anda ocupado en invadir Georgia o asolar Chechenia, Vladimir Putin. He ahí, imponente, la suprema legitimidad a la que se aferra a estas horas el cacumen socialdemócrata para convencer a sus proles, la sufrida infantería, de que los cadáveres libios nada tendrán que ver con los iraquíes. Y es que los muertos de Zapatero serán inhumados con el auxilio espiritual de la resolución 1.973; esto es, partirán hacia el otro mundo con todos los papeles en regla. De la ley a la ley, que diría Torcuato.

Por lo demás, y también a diferencia de aquella guerra, en esta cruzada filantrópica se tendrán en cuenta los últimos avances en la división internacional del trabajo. Así, al tiempo que bombardeemos a Gadafi por ver de favorecer a la oposición dizque democrática, Arabia Saudita, nuestro fiel amigo y aliado, acabará de invadir Bahréin con los tanques a fin de aplastar con pareja saña a sus iguales, los demócratas domésticos. Asunto que simplificará las cosas a cuantos, a izquierda y derecha, quieren dirigir la vista hacia otro lado: ya solo les restará la opción mirar al suelo, acaso con algún sonrojo. Al respecto, y en contraste con las delicadas damiselas europeas, los muslimes no creen en las guerras de Gila.

Saben que el terreno del enemigo no se ocupa por teléfono, ni tampoco con espectaculares ataques aéreos, a la postre inanes. Saben que hay que pisar el fango. Siempre. Lo saben ellos. Y lo sabe Gadafi. Igual, por cierto, que sabe de esa pulsión histérica que se apodera de las audiencias occidentales al chocar la menor mota de sangre contra las relucientes pantallas de sus televisores de plasma. Cuestión para nada baladí que convierte al tiempo en el mejor aliado del coronel. Ya lo dijo Cela: "El que resiste, gana". Y si esta vez los marines no se aprestan a poner lo que hay que poner, la lánguida Europa devendrá incapaz de aguantar el órdago. Aunque sí le cabría empeorar las cosas. Sin ir más lejos, ayudando a seccionar una nación en dos Estados. Deshacer Yugoslavias, nuestra gran especialidad.

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