Creu de Sant Jordi

La cruz de Boadella

José García Domínguez
En cierta ocasión, a De Gaulle se le ocurrió conceder al jefe de opinión de un periódico decente la Legión de Honor, ese galardón que acaban de otorgarle a Polanco. Tras la ceremonia oficial, cuando el orondo homenajeado volvió a dejarse caer por la redacción, el director lo despidió en el acto. "Pero si yo no la he pedido", protestó aquel desgraciado. "Da igual: no tendrías que haberla merecido", terció el otro. Una historia lejanamente parecida jamás se podrá escribir en catalán. Y no por escasez de plumas gloriosas, que bien sabe Dios que hay inflación de ellas, sino porque a Albert Boadella nunca le permitirían tocar una rotativa en el Balneario.
 
Muchos catalanes tenemos contraída una deuda impagable con este Boadella. Y es que, entre otras mercedes, le debemos el no haber experimentado vergüenza cuando salíamos por ahí fuera y alguien nos preguntaba de dónde éramos. Razón de que hoy nos sintamos tan orgullosos de que tampoco ahora vaya recibir la Creu de Sant Jordi. Comprobar que aún queda alguien entre el vecindario que no tolera que la Generalitat dictamine si es buen chico, hace que uno casi se reconcilie con su tribu. Y bien pensado, tal vez sea mejor que Boadella sólo haya uno. Porque si dispusiésemos de unos cientos de boadellas por estos pagos, para mí tengo que acabaríamos convirtiéndonos al nacionalismo de lo suyo, que, por otro lado, no deja de ser lo nuestro.
 
Aunque la verdad verdadera de la adhesión inquebrantable que enciende en nosotros esconde una argucia muy mediterránea: ocultar la envidia infinita que le profesamos. Porque Boadella luce en el pecho el distintivo más ansiado por los lugareños que aún conservamos el sentido de la realidad, o el del ridículo, que aquí vienen a ser sinónimos. Y es que ahora constituyen legión, mas él siempre podrá presumir de haber sido el primer catalán non grato en Cataluña. Para nuestro escarnio, así lo decidiera el Excelentísimo Ayuntamiento de Calafell, reunido en solemne pleno para revelar al Mundo el veredicto sobre tan disputado honor.
 
Y por envidia, que ése es nuestro deporte nacional y no la bobada del hockey sobre patines, han pretendido luego nuestras autoridades hurtarle la más preciada joya. Arteramente además, con la celada de un cambiazo por la crucecita del santo. Y por reflejos, que no por auxilio ajeno, ha conseguido él retenerla. Tras desbaratar la añagaza, en escrito remitido por conducto oficial a los ladrones, ha dejado testimonio para la Historia de su triunfo. Un fragmento de esa misiva reza así: "Son ustedes la vergüenza de los usuarios de la denominación Persona Non Grata. Hacen lo mismo que esos ayuntamientos que después de nombrar hijo predilecto a Franco, ahora, cuando mandan otros, rectifican y le llaman hijo de puta. Ustedes siempre con los ganadores. ¡Un poco de dignidad señores! Y sobre todo, un respeto para las personas non gratas nombradas con la mayoría del consistorio y la aquiescencia de la oposición socialista".
 
Ahora se entiende en qué estaba pensando aquel otro que puso en letra impresa eso de que la envidia es el socialismo de los imbéciles.
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