La comedia de Ribó y los lazos

José García Domínguez

Un truco clásico de la política de vuelo gallináceo es pedir consejo a un tercero para justificar ante la opinión pública la toma de una decisión impopular cuya adopción, por lo demás, ya estaba decidida de antemano. Es lo que acaba de hacer Torra al reclamar de Rafael Ribó que le pidiera quitar los lacitos amarillos de los edificios oficiales a fin de que no se notase demasiado que ansiaba salvar a sus muy medrosas posaderas de un inminente proceso judicial por desacato. Así, Quim le pidió a Rafael que le pidiera, y Rafael, diligente, le pidió a Quim. Todo una comedia bufa. Porque Rafael Ribó, en tiempos el camarada Ribó, resulta que es algo así como el defensor del Pueblo vitalicio los catalanes (de los catalanes separatistas, para ser precisos, pues a los demás ni nos conoce). Él no nos conoce, pero algunos de nosotros sí lo conocemos a él. Yo, sin ir más lejos, lo tuve de profesor durante un curso completo en la Facultad de Económicas de Barcelona, allá a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Impartía Ribó una asignatura optativa de Ciencia Política que todos los años incluía como muy insólita actividad obligatoria una visita guiada (por él) a la sede de la Sindicatura de Agravios (greuges en catalán), esa institución que preside de modo ininterrumpido desde hace la no menos insólita friolera de quince años.

Debía de ser por el año 84. Y ya se lo estaba trabajando. Rafael Ribó, el último secretario general del PSUC antes de la disolución del partido de los comunistas catalanes, pertenece por edad acaso a la generación que más y mejor ha mentido en toda la historia moderna y contemporánea de España. A tal respecto, pude leerse en una muy complaciente entrevista que le realizó La Vanguardia no hace mucho: "En mi ficha policial, porque nos perseguían a todos, debía poner rojo separatista’". Tantos años después, Ribó parece que sigue sin saber qué se decía en su ficha policial. Por lo visto, nunca tuvo demasiado interés por saberlo. Porque si lo hubiera tenido, quizá se lo podría haber preguntado directamente al por aquel entonces ministro de la Gobernación de Franco, el general Tomás Garicano Goñi, quien, además de ser el jefe supremo de los célebres cuerpos represivos de la dictador, los famosos grises, era el suegro de su hermano y solía pasar muchos fines de semana en Barcelona, ciudad de la que también fue gobernador civil, invitado en la residencia familiar de los Ribó.

El general Garicano, hombre dicen que afable y, por cierto, tío carnal del Garicano de Ciudadanos, seguro que habría sacado de dudas al camarada Ribó sobre el contenido real del documento en alguna de las animadas veladas íntimas que compartieron juntos en la Ciudad de los Prodigios. Por lo visto, siendo buena con todos los miembros de la familia Ribó, la relación de afinidad de don Tomás era particularmente intensa con el padre de Ribó, Xavier Ribó, un antiguo catalanista de la Lliga cuando la República, más tarde adinerado agente de Bolsa en la plaza de Barcelona, que fue uno de los jefes de la red de espionaje a favor del bando franquista que organizó Cambó en Francia durante la guerra civil. Ahora, por supuesto, son todos separatistas de toda la vida. El Oasis, ya se sabe.

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