José Blanco

La caspa de Pepiño

José García Domínguez
Rimbaud ordenaba ser absolutamente modernos, Cernuda declamaba dulces cantos de sirena a la derrota, Baudelaire proponía la embriaguez –de vino, de poesía o de virtud, tanto daba– y Mike Jager exigía placer a gritos. Muchos los siguieron. Eran jóvenes, y aún creían que su adiós a todo eso quedaría en otro juego más por el que no habrían de pagar. Aunque también partieron para perder de vista a todos los Pepiños Blanco. Guiados por Kavafis, tampoco querían permitir que el roce con la estupidez cotidiana acabase convirtiendo a la vida en un huésped inoportuno. Fue así como enfilaron alegres por el lado peligroso. Ése que siempre termina en un Callejón del Gato en el que nunca hay gato. Porque allí no hay nada. Ni siquiera salida, sólo el borde del precipicio por el que se despeñarían los que entonces ya no tenían ni fuerza ni valor para desandar el camino.
 
Mucho más tarde, los que lograron regresar, entenderían al Machado que alertaba de que aquí todo el mundo pretende estar de vuelta sin haber ido a ninguna parte. Porque quien los recibiría en el andén para llamarlos "casposos" no sería otro que el mismo Blanquito. Y es que resulta que la trasgresión era Pepiño. ¡Y nosotros con estos pelos! Pepiño, que sólo saliera de su pueblo para ver de sacarse el Bachalerato –ahora lo llaman así– en el Instituto de Lugo. Pues, mira por donde, en aquel zagal se escondía la vanguardia de la modernidad, el atrevimiento temerario, la más audaz disidencia. Todo se había gestado ahí, delante de nuestras narices, en la agrupación local del PSOE en Palas de Rey. Lástima que esa luz nunca pudiera iluminar a esos supervivientes: entonces, no fueron capaces de atisbar su brillo; y ahora, simplemente, no la quieren mirar.
 
Si existe un síntoma definitivo de la vigencia del rumbo excéntrico y desacompasado al que está condenado siempre este país, ese es Pepiño. Porque sólo España puede acostarse como martillo de herejes, y despertar al día siguiente, habiendo elevado la dimisión moral a valor absoluto bajo el nombre de tolerancia. Sólo entre nosotros cabe pasar, sin solución de continuidad, del absurdo y acomplejado fatalismo a una autocomplacencia igual de absurda e irresponsable. Y sólo en un lugar que siempre ha llegado tarde a todas las grandes transformaciones culturales de Occidente, puede ocurrir que los Pepiños osen sentar doctrina de moral civil.
 
Así, a estos Pepiños les dice uno que quiere llevar al altar a un koala del Zoo, y le espetan que es un antiguo al pretender que la libre opción por la zoofilia se deba limitar a uniones monógamas. Y el ingenuo de Dylan pensando que la respuesta estaba en el viento. ¡Quia!, la tenía Pepiño. Y el palurdo de Tom Wolfe repitiendo que habitan en la costa Este los que nos quieren imponer la moral consistente en no tener ninguna moral. ¡En la costa Este, dice! En Palas, casposo, en Palas, que no te enteras de nada.
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