Cataluña

La Casa Nostra

José García Domínguez
Sólo la pronuncian cuando no hay ante la cámara ni intrusos de fuera ni forasteros del Carmelo. A Pujol, el pionero en recurrir al método austriaco para horadar la moral civil catalana, le place sobremanera. Jamás renuncia al goce de repetirla en público siempre que se tercie una de esas ocasiones. Y lo mismo sucede con los demás, empezando por los Maragall, Duran Lleida, Clos, Carod, Nadal o Mas, y acabando por el último patriota con cochecito oficial. Al deletrear el mantra, indefectiblemente, a todos se les ilumina la mirada. Incluso, escuchándolos en tal trance, el inadvertido la podría tomar por un afrodisíaco retórico. A tal punto los excita usar la frase a casa nostra (en nuestra casa).
 
El verano pasado, los de la Casa Nostra festejaron fraternalmente que un delincuente común condenado por la Justicia, Josep Maria Sala, fuese elevado a la Ejecutiva del PSC. Felip Puig, el de CiU que firmó el jugoso supercontrato de la línea 5 del metro, declaró entonces que aquello de Filesa no había sido para tanto. A ojos de la Casa Nostra, nunca nada es para tanto; eso de los mil barceloneses tirados en la en la calle, tampoco. De ahí que Nadal, el del PSC que rubricó el cambio de la estación, nada grave reproche a Puig, y Puig, que también es un gran señor, no exija ni en broma la dimisión de Nadal. Como debe ser, como siempre ha sido. Como está mandado que sea en las viejas leyes no escritas de casa nostra.
 
Y es que la única obsesión de todos reside en tapar como sea el agujero. Porque de lo otro no hay más que decir. “Ha sido una catástrofe natural”, certificó ayer el director de GISA, la empresa pública que coordina las obras. La culpa de todo, pues, corresponde única y exclusivamente la Naturaleza. En consecuencia, algún juez progresista habrá de instruir urgentemente diligencias contra la montaña, y el Ayuntamiento deberá declararla montículo non grato en su próxima sesión plenaria. Punto.
 
Delimitadas, por fin, las responsabilidades, como decíamos, el problema consiste en ocultar a toda prisa el foso. Ahí, hasta los chicos de la prensa van a echar una mano. “Clos ha sido nuestro Rudolf Giuliani”, han sentenciado ya más de dos plumillas con columna local. Y no andan lejos de la verdad: Únicamente el semblante roto de Giuliani tras el atentado sería comparable a la angustia de Clos por la suerte de sus Sebago al sortear los charcos de barro en el Carmelo. Aunque quien más va a ayudar a cerrar el cráter es el contratista de la obra, que ha resultado ser Harpo Marx. “No podemos hablar”, señala. “El contrato incluye una cláusula donde se impone que toda la información pertenece al titular del proyecto, la Generalidad”, indica. Silencio, pues. Como siempre. Como debe ser. Como está mandado que sea en las viejas leyes no escritas de la Casa Nostra. Y punto y final.
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