San Sebastián

La Capital Europea de la Infamia

José García Domínguez

Apenas hace falta un único requisito para sostener que la cultura encarna lo opuesto al mal, la vileza, el fanatismo y la miseria humana: ser profundamente inculto. He ahí Céline, del que ahora se cumple el cincuentenario. Acaso el mejor novelista francés del siglo XX y, a la vez, una basura humana. Devoto de Hitler, racista, confidente de la Gestapo, apologista del genocidio, el mejor retrato de su persona acaba de ofrecerlo el alcalde de París, Bertrand Delanoë: "Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón". Como Quevedo, como Ezra Pound, como Baroja, como Drieu La Rochelle, como Cioran, como Brecht, como Pirandello, como Heidegger, como tantas... cumbres de la alta cultura.

Al respecto, solo los muy ignaros, los muy cínicos, o quienes sufren de ambas taras a un tiempo, pueden pretender que cultura y barbarie son voces antónimas. Así la ministra Sinde, que ha dado en parapetarse tras las falaces virtudes balsámicas de ese vocablo fetiche a fin de justificar su regalo a Bildu. Y es que, San Sebastián, villa frente a la que competidor alguno dispondría del currículum suficiente para poder robarle el título de Capital Europea de la Infamia y la Vileza, va a serlo , sin embargo, de la Cultura. Todo merced a los desvelos de Sinde, ansiosa por honrar a ese filoetarra, el tal Juan Karlos, tan ducho él en descolgar óleos de Juan Carlos y proscribir banderas de España.

Chulescas violaciones de la Ley que seguro han de excitar a la Leni Riefenstahl de Zapatero. Por algo, ha corrido rauda a celebrar su desprecio a nuestro Rey y a nuestra Constitución, otorgándoles su propia Olimpiada de Berlín. Como la del tío Adolfo en el 36. El escenario, grandioso en su magnificencia continental, lo pone, gratis et amore, el Gobierno de España. Por su parte, los hijos putativos de Txeroki únicamente habrán de dar con el Goebbels que ilustre al mundo sobre la superioridad moral de la justa causa de ETA y su sopa de letras satélite. Los cómplices intelectuales –si no materiales– de los asesinos de Gregorio Ordóñez, transmutados en sumos sacerdotes de la civilización, la concordia y los valores de Occidente. "Harás cosas que nos helarán la sangre", auguró con desolada lucidez la madre de Joseba Pagaza. No lo sabía bien.

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